Si hay algo que nunca pensé que merecía tanta reflexión es el vello púbico. Recientemente mi hija —ya adolescente— me pidió que la llevara a la depilación definitiva porque todas sus amigas ya están depiladas, lo cual refrescó mis cuestionamientos al respecto y me ha llevado a reflexionar sobre por qué algo tan natural como parte de nuestro cuerpo nos provoca vergüenza y rechazo.
La inseguridad que provoca el vello púbico
Mi propia hija me decía que seguro hay una razón de ser, pero que no le gustaba como se veía. Y es que, desde la adolescencia, asumimos la idea de que depilarse es casi una obligación universal. Recuerdo perfectamente cuando me apareció; no supe si esconderlo o celebrarlo.
En mi grupo de amigas nadie hablaba del tema y cuando lo hacían, era para decir que había que quitarlo ‘todo’ para verse ‘linda’. No sabíamos por qué teníamos vello ahí, pero todas lo tratábamos como un enemigo.
Mi mejor amiga me introdujo a la depilación de cera y desde ese momento he pasado por todas las modas, enfrentando inseguridades y revelaciones personales… Hasta que un día me di cuenta de que lo que hacemos con nuestro vello dice mucho más de nosotras que un simple acto estético.

¿Por qué hablar del vello púbico era un tabú?
Años después descubrí que la biología tiene otra opinión: el vello púbico protege, reduce fricción, regula humedad e incluso participa en la comunicación sexual del cuerpo. Pero, claro, a los dieciséis nadie me explicó eso.
Para nosotras tener vello era sinónimo de fealdad. Recuerdo a un novio que alguna vez me dijo que no era negociable: que para estar con él, me tenía que depilar completamente. Nunca me he sentido más avergonzada e insegura con mi cuerpo. ¿En qué momento nos convencieron de que algo natural del cuerpo era ‘incorrecto’?
La historia del vello público
Platicando con mi mamá, me dijo que cuando era joven se llevaba mucho más natural y que en el antiguo Egipto no era solo una cuestión estética, sino un ritual cultural ligado a la higiene, al estatus social y hasta a la espiritualidad.
En la Grecia clásica, el vello era símbolo de madurez sexual, mientras que en la Edad Media no existió una ‘moda’ alrededor del vello, sino un silencio cultural que lo consideraba parte de lo íntimo, asociado con el pecado, la vergüenza y la tentación sexual.
El siglo XX lo cambió todo con la publicidad, los bikinis y Playboy. En 1946 se creó el bikini en Francia. Las mujeres empezaron a cuidar ‘lo que se asomaba’. En los años sesenta y setenta, con el movimiento hippie, el vello regresó con fuerza: cuerpo libre, sexualidad libre… y sí, bush libre.

En los ochenta, Hollywood y la cultura fitness empujaron la idea del cuerpo ‘perfecto’, y en los noventa y dos mil se puso de moda la depilación total debido, en parte, a la pornografía.
Llega la brazilian wax y con ella, la presión social de estar completamente depilada, convirtiéndose en un estándar. Así, inevitablemente, somos las herederas de una generación convencida de que tener vello es un pecado estético.
La percepción del vello púbico en la actualidad
Y cuando pensábamos que el tema estaba sepultado, Skims lanzó… ¡una tanga peluda de pelo sintético de colores!, causando sensación, rechazo, risa y todo al mismo tiempo —que por cierto, se agotó en tan solo doce horas; supongo que el éxito se debió a que al fin se rompió el hielo normalizando de una forma lúdica algo natural—.
El vello púbico sigue siendo tabú y que una marca mainstream lo ponga en una tanga es como decir: ‘relájense, es solo pelo’. Y aunque sea sintético manda un mensaje claro: el cuerpo viene con pelo, y está bien.
Nos invita a reflexionar y abrir la puerta a la conversación real sobre decisiones que por años han sido impuestas, dándonos la oportunidad de elegir sin sentir vergüenza ni culpa. Y si una tanga peluda nos permite reírnos un poco del tema, soltar tabúes y recordar que nuestro cuerpo es nuestro, ¡bienvenida sea!
Por: Luisa Peña.

