miércoles, febrero 11, 2026
More

    ¿Quién quiere vestirse como un dictador?

    Cuando un objeto se carga súbitamente de significado político a través de las redes sociales, incluso de manera involuntaria, el silencio también comunica.

    El año tuvo un arranque caótico. No había transcurrido ni una semana de 2026 y el mundo ya estaba de cabeza. La captura del presidente —o, más bien, dictador— venezolano Nicolás Maduro sacudió la conversación pública, la geopolítica y los mercados.

    En medio de ese contexto, hubo una escena casi absurda que circuló en redes y que merece ser analizada como ejercicio especulativo. Tras conocerse la captura, el mundo esperaba la fotografía oficial que confirmara los hechos. Y cuando finalmente llegó la primera imagen de la detención de Maduro, su capacidad de viralización fue sorprendente.

    Mariana Chávez, columnista Marie Claire México
    Foto Marie Claire México.

    ¿Cuál es la relación de Nicolás Maduro y Nike?

    Pero vino acompañada de algo aún más desconcertante: en redes sociales comenzaron a circular reportes de que el tracksuit que Nicolás Maduro portaba en la fotografía, un conjunto deportivo de Nike, se habría agotado en algunos mercados. Sold out!

    Más allá de evaluar el éxito de ventas, la mera posibilidad plantea una pregunta que me incomoda: ¿qué empujaría a un consumidor a querer vestirse como una figura autoritaria caída en desgracia? Ante ella abundan respuestas rápidas: morbo, ironía, incluso meme.

    Es probable que todas operen en distintos niveles pero, incluso así, se quedan cortas. Valdría la pena explorar qué dice este fenómeno sobre nuestra relación contemporánea con el poder y el consumo.

    Comprar no es necesariamente sinónimo de admiración. En el capitalismo contemporáneo, adquirir puede ser una
    forma de apropiación: tomar un objeto cargado de significado, domesticarlo y volverlo manejable, portátil, propio. En ese gesto -aparentemente frívolo- se asoma una relación compleja con el poder.

    ¿Por qué alguien querría vestirse como Nicolás Maduro?

    Maduro no diseñó un look aspiracional. No es el uniforme teatral del caudillo ni la coreografía del líder fuerte. Es, precisamente, la banalidad del conjunto lo que lo vuelve potente: un tracksuit cualquiera convertido de pronto en imagen histórica.

    Pareciera que algunos consumidores no buscarían parecerse a él, sino tocar el acontecimiento, poseer un fragmento del instante en que la historia se volvió imagen viral.

    Aquí aparece una paradoja inquietante: en democracias de mercado, nadie obliga al consumidor a comprar nada. La elección es voluntaria. Cuando alguien elige reproducir la estética asociada a una figura autoritaria —no por miedo, sino potencialmente por deseo, curiosidad o distanciamiento irónico—, surge otra pregunta:

    ¿Qué significa cuando el mercado convierte símbolos del poder político en objetos de consumo neutralizados? Resulta perturbador que el mercado pueda generar formas de adhesión voluntaria allí donde el poder político fracasa, no ideológica, sino estética. El autoritarismo no se impone; circula.

    Me pregunto si esto es admiración. Sospecho que no. Podría ser algo más ambiguo: la conversión del poder en mercancía despolitizada. El gesto de decir ‘no te tomo en serio’ mientras te llevo puesto.

    ¿No opera una lógica similar cuando los consumidores se endeudan para acceder a símbolos de estatus que prometen poder, control o pertenencia, aun cuando sepan que esas promesas son ilusorias?

    El papel de Nike ante la situación

    Conviene detenerse en Nike, no para acusar, sino para observar cómo operan las marcas en estos contextos. Nike no vendió ideología, vendió disponibilidad comercial. Pero el mercado no es neutral: cuando un objeto se carga súbitamente de significado político a través de las redes sociales, incluso de manera involuntaria, el silencio también comunica.

    Surgen preguntas sobre la responsabilidad corporativa y la velocidad de los ciclos de consumo viral. No se trata de que Nike tenga control sobre quién usa sus productos, sino de reflexionar sobre cómo la industria responde —o no— cuando sus artículos se convierten inesperadamente en símbolos políticos. Fingir que solo se vende tela es olvidar que hoy todo circula con contexto, con historia, con carga simbólica.

    Lo verdaderamente revelador no es el sold out en sí, sino lo que este tipo de fenómenos virales podrían decirnos. Vivimos en una época donde el poder político parece cada vez más susceptible de ser trivializado , convertido en meme, transformado en prenda, comprado para construir narrativas personales.

    Tracksuite Nike
    El tracksuit de Nike se agotó en segundo. Foto: Nike.

    Algunos consumidores contemporáneos no necesariamente buscan obedecer al poder, pero tampoco siempre logran desactivarlo, vaciarlo de solemnidad; a veces simplemente lo convierten en un objetivo apropiable con relato personal.

    Tal vez por eso este tipo de situaciones inquietan tanto. Porque no representan resistencia heroica ni complicidad explícita. Podrían ser algo más complejo —y más incómodo—: una forma sofisticada de relacionarse con el poder que oscila entre la ironía, la indiferencia y la apropiación simbólica.

    La conversación pública parece organizarse menos entre categorías morales claras y más según lo que genera viralidad y conversación. Bajo esta lógica, incluso una figura política controvertida puede convertirse en fenómeno de consumo y provocar un sold out.

    Y así persiste una pregunta incómoda, una que invita a la reflexión más que a respuestas definitivas: ¿qué hemos decidido hacer con el significado del poder en nuestros tiempos? ¿Nos vestimos como figuras de poder o nos vestimos por encima de ellas, neutralizándolas a través del consumo?

    Por: Mariana Chavez.

    Otros artículos