miércoles, marzo 25, 2026
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    El deseo bajo algoritmo: impacto en la mujer contemporánea

    La mujer contemporánea no necesita que nadie le diga qué puede ser. Quizá lo que necesita es algo más escaso y más subversivo: silencio sufi- ciente para escucharse otra vez.

    Durante décadas, el pensamiento feminista se preguntó cómo liberar a las mujeres de los mandatos externos que organizaban su vida: la familia, la moral, la religión, el Estado, el mercado. Hoy, sin darnos cuenta, hemos incorporado un nuevo poder normativo, mucho más sofisticado y difícil de identificar, que no necesita prohibir ni imponer para operar con eficacia: el algoritmo, esa estructura que no necesariamente nos dice qué pensar, pero que sutilmente nos marca qué desear.

    La mujer contemporánea y la paradoja de tener más opciones

    La mujer contemporánea habita una paradoja histórica: nunca había tenido tantas opciones como las que tiene ahora (educativas, profesionales, sexuales, identitarias) y, sin embargo, pocas veces había estado tan expuesta a una arquitectura de influencia constante que moldea aspiraciones, expectativas y formas de mirarse a sí misma. No se trata de coerción, sino de diseño. No es que el algoritmo nos obligue, sino que nos sugiere, prioriza, visibiliza y repite hasta que el deseo parece propio.

    Capitalismo de vigilancia: cómo el algoritmo moldea el comportamiento

    En la era del capitalismo de la vigilancia, Shoshana Zuboff explica que el corazón de este sistema económico no es la venta de productos, sino la predicción del comportamiento humano. Para anticipar qué haremos, primero necesita conocer qué queremos. Y para conocerlo, aprende a modelarlo. En ese proceso, las mujeres se vuelven un objetivo privilegiado, ya que durante siglos hemos sido educadas para observarnos, evaluarnos y corregirnos desde una mirada externa.

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    Distinguir el deseo propio es un acto de conciencia. Foto: Pexels

    El algoritmo aprende rápido. Aprende qué nos genera ansiedad, qué nos promete pertenencia, qué activa el miedo a quedarnos atrás. Y entonces empieza a mostrarnos qué debería considerarse éxito, cómo debería verse una relación sana, un cuerpo fuerte, una maternidad consciente, una mujer realizada. No impone un ideal único; optimiza uno que ya es socialmente rentable.

    Autoexigencia femenina y validación en redes sociales

    Desde la teoría del poder, Michel Foucault advertía que las formas modernas de control no operan solo a través de la prohibición, sino de la producción de subjetividades. El algoritmo es la versión digital de esa lógica: no castiga, recompensa con visibilidad. Así, la mujer contemporánea no solo vive su vida; la observa, la compara y la ajusta en tiempo real. La maternidad se convierte en contenido, el autocuidado en obligación, la sanación emocional en productividad, la ambición en marca personal.

    Incluso la corriente del feminismo liberal promueve (muchas veces, bajo esta misma lógica de rendimiento) frases, estéticas y narrativas de empoderamiento que prometen libertad, pero que a menudo reproducen una nueva exigencia, esa de ser fuerte, independiente, consciente, exitosa, resiliente… y hacerlo todo sin cansarse. La paradoja es evidente, pues la narrativa de emancipación convive con una forma de autoexigencia constante que se experimenta como elección personal.

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    Desobedecer al algoritmo también es elegir distinto. Foto: Pexels

    El cuerpo femenino en la era digital y el algoritmo

    El cuerpo femenino sigue siendo un territorio central de esta tensión. Desde la economía feminista, autoras como Silvia Federici han mostrado cómo el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente un espacio de control y explotación. Hoy, ese control ya no es explícito ni violento; es algorítmico.

    El cuerpo aparece como proyecto interminable: mejorar, definir, optimizar, sanar, rendir. No basta con estar bien; hay que parecerlo. No basta con elegir; hay que elegir correctamente. No basta con vivir el proceso; hay que documentarlo.

    El tiempo femenino también se vuelve objeto de gestión. A qué edad deberías lograr qué cosa, cuándo reinventarte, cuándo congelar óvulos, cuándo ‘ya se te fue el tren’. El algoritmo no tolera los ritmos no lineales; sin embargo, la vida de las mujeres es, precisamente, discontinua, contradictoria y cambiante.

    Diferencia entre deseo propio y deseo influenciado por el algoritmo

    Aquí emerge uno de los grandes retos de nuestra generación, que consiste en distinguir entre un deseo propio y uno inducido. El filósofo Byung-Chul Han advierte que la sociedad del rendimiento convierte la libertad en autoexplotación. Creemos elegir, pero respondemos a estímulos cuidadosamente diseñados. Para las mujeres, esto tiene una consecuencia profunda, ya que cuando no se alcanza el ideal, la falla se vive como personal, no como sistémica.

    Tal vez la emancipación contemporánea no consista únicamente en conquistar espacios, sino en recuperar soberanía sobre el deseo. Permitirse querer menos, querer distinto, querer más lento. Preguntarse si aquello que se persigue expande o simplemente exhibe; si esa ambición nace del deseo o del miedo a desaparecer del radar.

    flores blancas de amigas
    El silencio también es una forma de libertad. Foto: Pexels

    Cómo desobedecer al algoritmo sin salir del mundo digital

    Desobedecer al algoritmo no implica desaparecer del mundo digital ni romantizar la desconexión. Implica habitarlo sin entregarle la brújula. En una cultura que mide valor en métricas, alcance y validación externa, el gesto verdaderamente radical puede ser sostener un deseo que no sea viral, una ambición que no se explique y una vida que no se compare.

    La mujer contemporánea no necesita que nadie le diga qué puede ser. Quizá lo que necesita es algo más escaso y más subversivo: silencio suficiente para escucharse otra vez.

    Por: Mariana Chávez

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