Antes de ser el personaje trágico que todos analizamos en clase, Hamlet fue otra cosa: una historia mucho más oscura. La trama tiene raíces en la leyenda escandinava de Amleth, recogida en el siglo XII por Saxo Grammaticus en Gesta Danorum.
El relato original ya contenía los elementos clave: un príncipe cuyo tío asesina a su padre, una madre que se casa con el usurpador y un heredero que finge locura para sobrevivir mientras planea su venganza.
Pero Shakespeare suavizó algunas brutalidades y profundizó en lo psicológico. Donde la leyenda hablaba de estrategia y sangre, él introdujo duda, conciencia y culpa. El resultado no fue solo una historia de venganza, fue un retrato existencial adelantado a su tiempo.
La leyenda vikinga que inspiró la tragedia: Amleth antes de Hamlet
En la versión original, Amleth no duda, no filosofa y no se paraliza por la conciencia. Es frío, estratégico y brutal. Finge demencia para sobrevivir mientras planea su venganza con precisión quirúrgica.
Cuando Shakespeare transforma esa historia en Hamlet, el foco ya no es solo la acción; es la mente. El conflicto deja de ser externo y se vuelve íntimo: culpa, duda, moralidad, fe. El príncipe danés deja de ser un guerrero y se convierte en un pensador.
Ser o no ser: La escena que nunca ocurrió como la imaginamos
La imagen icónica de Hamlet sosteniendo una calavera mientras pronuncia ‘To be or not to be’ no existe así en el texto original.
El famoso monólogo ocurre en soledad sin calavera, sin cementerio, sin dramatismo visual. La calavera aparece más tarde, en otra escena: el momento en que Hamlet sostiene el cráneo de Yorick, el bufón de su infancia.
Con el tiempo, ambas escenas se fusionaron en el imaginario colectivo. El resultado: una de las imágenes más reproducidas de la cultura occidental aunque técnicamente incorrecta.
Yorick fue real y su cráneo también
Durante años, algunas producciones teatrales utilizaron cráneos reales en escena. El caso más célebre ocurrió en 2008, cuando la Royal Shakespeare Company empleó el cráneo auténtico del músico polaco André Tchaikowsky, quien lo había donado con la condición de “interpretar” a Yorick después de su muerte.
El gesto (mitad excéntrico, mitad poético) transformó una metáfora en materia. La muerte actuando sobre el escenario.
Hamnet: El hijo que compartía nombre con la tragedia
Hamnet Shakespeare nació en 1585 en Stratford-upon-Avon, mellizo de Judith y único hijo varón de William Shakespeare y Anne Hathaway. Murió a los 11 años (y fue enterrado el 11 de agosto de 1596) en una época en la que la mortalidad infantil era tristemente habitual.
En los registros isabelinos, “Hamnet” y “Hamlet” se utilizaban casi como variantes del mismo nombre, una cercanía lingüística que inevitablemente ha alimentado teorías. Cuatro años después de su muerte, Shakespeare escribió Hamlet.
No existe prueba documental de que la pérdida de su hijo inspirara la tragedia, pero la coincidencia temporal, el eco del nombre y la obsesión de la obra con la muerte y el duelo siguen generando una pregunta silenciosa que la historia nunca ha terminado de responder.
Espionaje, religión y paranoia: El contexto que lo cambia todo
Hamlet no se escribió en un vacío artístico. Inglaterra vivía bajo el reinado de Isabel I de Inglaterra, en una época marcada por tensiones religiosas entre católicos y protestantes.
El purgatorio (elemento central en la aparición del fantasma del rey) era una creencia católica que oficialmente ya no formaba parte de la doctrina inglesa. Que un espectro hablara desde ese “espacio intermedio” no era solo un recurso dramátic; era un gesto político.
Espionaje, traición, vigilancia constante. El mundo de Hamlet reflejaba el clima real de sospecha que atravesaba la corte inglesa.
Hamlet no necesita que resolvamos sus enigmas. Vive en ellos. Y cuatro siglos después, sigue haciéndonos la misma pregunta (incómoda, eterna, vigente) mientras el telón nunca termina de caer.

