Cuando tenía siete años le pregunté seriamente a mi madre qué edad tenía. Había escuchado a una tía decir que mi mamá siempre mentía sobre su edad, así que quería saber la verdad, a lo que ella respondió con el número que tenía rato repitiendo: 37 años. Por primera vez no le creí.
Y lo siguiente que hice fue ir a su bolsa y buscar su identificación para ver el año de su nacimiento y descubrir la verdad. El problema era que aún no sabía sumar y restar grandes cifras, así que escribí todos los años que le seguían a 1954 hasta llegar al 2000, después conté uno a uno con palitos que anotaba en un pizarrón.
¿Por qué nos da tanto miedo la edad?
Al terminar de contar, mamá tenía 46 años. Recuerdo sentir mucho miedo, me aterraba pensar que mi mamá ‘estaba vieja’ al ver que en verdad tenía casi cincuenta. Corrí llorando a su cuarto reclamándole con toda la honestidad de una niña de siete años por qué me había mentido, que ya era vieja y que tenía mucho miedo de que se fuera a morir.

No sé si fue en ese momento cuando nació mi miedo a envejecer, pero la edad fue algo que siempre ocupó mi mente. En mi adolescencia, las mentiras y la presión con la edad seguían diariamente: mi mamá aún quitándose años y mis primas sobreviviendo a las presiones de ‘ya estar viejas’ con 25 años.
Nunca olvidaré a una tía haciendo gestos de que olfateaba a mi prima y diciéndole: ‘Huele a viejo, ¿cuándo te vas a casar?’. Siendo la menor de toda la familia, observaba esto y aprendía inconscientemente que la edad no era solo un número, sino también un marcador de nuestro valor.
El temor a seguir cumpliendo años
A los diecisiete años ya pensaba ‘que estaba vieja’, que iba atrasada en la vida: no había tenido mi primer novio y no sabía qué estudiar. A los diecinueve me sentía ‘muy grande’ para empezar apenas la universidad.
A los veintiuno, al ser firmada en una agencia de modelos, y pedirles seis meses para un intercambio de la universidad, me respondieron fríamente que ‘ya estaba vieja’ y que tendría que empezar a modelar lo antes posible.
A los veintitrés me pidieron mentir sobre mi edad ante mi agencia en Reino Unido: ‘Estás muy vieja para ser new face, miente y di que tienes diecinueve’. Otro de mis agentes me comentó: ‘Cuando te conocí te veías diferente, más joven’.
Habían pasado solo dos años y me aterré más que nunca por el cambio de mi físico. Cada año en esta industria ‘era menos probable’ que tuviera éxito, sintiendo que mi valor y las oportunidades se escapaban con cada cumpleaños.

Por más que intenté hacer las paces con el número que me acompañaba, siempre había algo que me hacía rechazar mi propia línea de tiempo. Creo que solo tuve paz a mis veinticinco: era esa tierra neutral, la mitad de mis veinte, ‘ni muy joven ni muy vieja’. Pero en cuanto pisé los veintiséis el miedo de los treinta comenzó a asomarse.
De los veintes a los treinta
Y cuando llegué a los treinta, simplemente dejé de mencionar mi edad. Lo que de niña me había molestado tanto que mi madre hiciera y había prometido no hacer yo misma, de pronto no sonaba tan mal. Y a mis 32 años mentí por primera vez —y por decisión propia— sobre mi edad.
Recuerdo esa sensación rara en el estómago, simplemente no se sentía bien. No quiero convertirme en una mujer que está en guerra con algo que es inevitable y a la vez es un privilegio: envejecer.
Por lo que me cuestioné: ¿a qué le tengo tanto miedo? ¿Por qué me da pena decir mi edad? ¿A quién estoy decepcionando por no tener veinte años? Y había muchas respuestas nadando hacia mí.
¿Cómo debería lucir una mujer de treinta?
Desde las expectativas de cómo debe lucir la vida de una mujer en sus treinta hasta las metas laborales y personales, la validación masculina, el reloj biológico y, muy en el fondo, el miedo a la caducidad que parece existir para las mujeres.
Que con cada año vemos desvanecerse nuestro valor ante la sociedad, al rechazo y a la exclusión que suceden cuando la juventud se aleja de nuestras vidas. Porque no podemos negar que esa aniquilación simbólica existe y es replicada socialmente. En pocas ocasiones vemos a mujeres mayores ser elegidas como el centro de atención.
Las mujeres mayores se vuelven un papel secundario, como si ‘su tiempo ya hubiera pasado’, y ahora solo pudieran conformarse con ser espectadoras. Este mensaje también se filtra en chistes, juicios, entretenimiento, bromas familiares, expectativas, etc. ¿Le tengo miedo a eso? Sí, por supuesto.
Dejar de pensar en la edad y comenzar a vivir
Hoy tengo 32 años. Estoy sana, soy feliz y trabajo en algo que amo. Me gusta la mujer que soy, el trayecto que he recorrido, las historias que he vivido y los aprendizajes que he tenido. La época en la que nací y crecí me parece maravillosa. Entonces, ¿por qué, en mi mejor momento, la sociedad me quiere convencer de que está comenzando el peor?
¿Por qué tengo que aceptar la idea de que mi versión del pasado siempre será más valiosa y deseable que la de mi presente, solo por ser más joven? ¿No sería una sentencia de infelicidad y rechazo constante, poniéndome en la situación de siempre estar deseando ser alguien que simplemente ya no existe?

Ya no le tengo miedo a cumplir 35, 40 ni 50 años. Más bien, me da miedo el rechazo que viene con esos números, el de que el cuerpo se vuelva motivo de juicios, como el típico ‘ya se le notan los años’. Pues ¿acaso no deberían notarse? ¿No es la única manera de que no se noten dejar de estar vivas?
En unos días cumpliré 33 años y no quiero sentir lo que he sentido en los últimos dos años: pena o vergüenza. No quiero ser como mi mamá o mis tías, que ocultaban su edad, ni quiero ser esa mujer que cuando le preguntan su edad dice: ‘adivina cuántos años tengo’, deseando en su mente que la otra persona diga menos de los que tiene.
No quiero ser una mujer que desea más la juventud del pasado, que a sí misma en su presente.
Estoy en el proceso de resignificar mi edad y ver la suma de los años como algo positivo, pues ¿cómo podría entristecerme la acumulación de las experiencias más maravillosas? ¿No sería mejor vivir cada etapa de nuestra vida al máximo para al final de nuestras vidas ser la acumulación de lo mejor de cada década, de cada año?
Por lo que estoy en esa misión: viví mis veinte maravillosamente y mis treinta serán igual de increíbles sin entregarles más tiempo a la tarea desgastante de hacerme menor, de borrar mi vida. ¿Acaso no han sido esos años algo hermoso? ¿Por qué quisiera quitarlos de mi conteo? ¿Cómo podría odiar la huella de que he vivido?
Consejos para hacer las pases con la edad
Por lo que ahora comparto estos consejos que nos pueden ayudar a hacer las paces con los números en el pastel:
- Resignifica la edad: ve la acumulación de años como algo positivo, como un regalo, de poder sobre nosotras, de sabiduría, de historias, de conocimientos.
- Deja de autosentenciarte: cuida cómo te refieres a ti misma y a tu edad. Evita los ‘ya estoy grande’, ‘ya se me pasó’, ‘ya no estoy para eso’. No te limites tu misma.
- Deja de mirar tu vida como una línea de tiempo ajena: no tienes que vivir una vida espejo ni tener la misma línea de tiempo que los demás. Ve a tu ritmo.
- Di tu edad en voz alta: sin bajar la voz, disculparte ni justificarte.
- Inspírate en mujeres que no fingen ser menores ante el mundo: busca historias de éxito diferentes, como Vera Wang —quien comenzó a diseñar vestidos a sus cuarenta años—.
- Desafía al número: observa en qué te has limitado por tu edad y ponte el reto de intentarlo, desde vestirte como quieres hasta decisiones más grandes, como volver a estudiar una nueva carrera o cambiar de trabajo.
Recuerda: la única solución para no envejecer es morir. Así que a celebrar la vida y a honrar cada año vivido.
Por: Ana Carbajal.

