lunes, septiembre 21, 2026
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    México después del Mundial: Fuera de cuadro

    Una mujer llega a la valla con una foto de su hijo pegada al pecho. No grita. No necesita gritar: la foto habla por sí sola. Un policía le pide que se retire, que no es el lugar, que empieza un partido en quince minutos. Ella no se mueve. Entonces la mueven. Eso no salió en ninguna transmisión.

    El Mundial pasó. Se apagaron las pantallas, se desmontaron las vallas, los extranjeros regresaron a casa. México guardó sus camisetas como se guarda una euforia que ya cumplió su función, pero esa mujer sigue buscando, sigue sin la foto, sigue sin su hijo. Las viviendas alrededor de los estadios siguen esperando agua, drenaje y pavimentación.

    Los vendedores retirados de las zonas visibles siguen intentando recuperar el día. Las artesanas que bordaron la identidad nacional se siguen preguntando cuánto valió realmente su trabajo. Los migrantes que no anotaron goles siguen siendo tratados como sospechosos.

    La realidad después del Mundial

    Yo aprendí futbol en la calle. No en una cancha perfecta, ni con uniforme, boletos o graderías. Lo aprendí con una botella haciendo de balón, con piedras como porterías, el cuerpo sudado y esa alegría pobre que nunca necesitó permiso para existir. Ahí nadie preguntaba por derechos de transmisión. La pelota podía ser cualquier cosa.

    La fiesta también. Por eso hay algo obsceno en llamar ‘fiesta del pueblo’ a un espectáculo en el que el pueblo pone la pasión, la calle, el trabajo, los acentos, la música y la historia, pero otros deciden qué parte de ese pueblo merece aparecer.

    El problema no es la pelota, el problema es quién sostiene la cámara. Durante semanas nos vendieron una postal impecable: estadios llenos, himnos, ciudades maquilladas, discursos de inclusión y cámaras preparadas para mostrarle al mundo el mejor rostro de México, pero una fotografía nunca es inocente. Alguien elige dónde enfocar, alguien decide qué entra y alguien recorta lo que estorba.

    El Mundial no solo organizó partidos, organizó el encuadre. Decidió quién entraba como extranjero, quién como consumidor, quién como símbolo, quién como trabajador invisible, quién como amenaza y quién debía desaparecer para que la ciudad se viera limpia en televisión.

    Mujeres buscadoras
    Foto: Xavier Duarte / Middle East Images / Middle East Images via AFP vía GrosbyGroup.

    No expulsó completamente al pueblo, hizo algo más sofisticado: lo dejó entrar cuando necesitaba su alegría, su cuerpo, su trabajo o su dolor, y lo retiró cuando esa presencia dejó de decorar y empezó a exigir.

    El pueblo podía entrar como folclor, pero no como reclamo, como fuerza de trabajo pero no como beneficiario, como identidad nacional pero no como sujeto con derechos. Mientras el pueblo creaba la fiesta, otros elegían la fotografía. Cuando el negocio necesitó orden, el Estado apareció para cerrar calles, proteger estadios, rediseñar rutas, retirar vendedores, contener protestas.

    La contradicción no estaba en su ausencia, sino en su presencia selectiva: podía moverse rápido, levantar vallas, desplegar policías, corregir en meses lo que los barrios llevaban años denunciando. Sí había dinero, maquinaria, voluntad disponibles para recibir visitantes pero no para reparar la vida de quienes se quedarían cuando se apagaran las cámaras. La ciudad se arregló para quien venía a mirarla, no para quien tenía que seguir viviéndola.

    Un México que queda fuera del encuadre

    Durante los megaeventos, la pobreza no desaparece: la sacan de la toma, la barren de la avenida, y la llaman ‘recuperación del espacio público’. No es transformación, es escenografía. La misma lógica atravesó los discursos de diversidad. México celebró los goles de Julián Quiñones, futbolista negro nacido en Colombia y nacionalizado mexicano.

    Nada de lo que sigue es sobre él —se ganó ese lugar gol a gol— sino sobre nosotros: hay algo genuino en esa alegría, en verlo llorar el himno como si hubiera nacido aquí. Pero el migrante cabe en la fotografía cuando levanta los brazos después de un gol, no siempre cuando levanta las manos frente a una autoridad. El mismo aficionado que se puso de pie a aplaudirle es capaz de cruzar la calle cuando ve a alguien como él pidiendo una moneda en un semáforo, y no sentir la contradicción.

    Alguien compra la playera bordada a mano, se la prueba frente al espejo, se toma una foto con ella puesta el día del partido. Nadie pregunta cuánto le costó a la mujer que pasó horas bordándola en un pueblo que la etiqueta ni siquiera menciona. La artesanía cabía en la camiseta pero la artesana no siempre cabía en la ganancia. Eso no es homenaje.

    Es extracción con etiqueta de orgullo nacional. Y luego estaba ella, y las que caminan con ella. También podían aparecer, mientras su dolor sirviera de imagen de valentía, mientras el país pudiera compartir su tragedia sin tener que cambiar nada. Pero cuando llevaron las fotos de sus hijos al centro de la fiesta, cuando intentaron usar la atención del mundo para hablar de las desapariciones, dejaron de ser símbolo y se convirtieron en amenaza para el espectáculo. 

    ¿Qué clase de país admira a una madre que busca a su hijo, pero la trata como problema de seguridad cuando exige ser escuchada? Ellas no querían destruir el Mundial, querían entrar en el encuadre. Cuando una madre llega con una pancarta, la pregunta pública no suele ser por qué tuvo que llegar hasta allí para que alguien la mirara.

    La pregunta es, ¿por qué interrumpe?, ¿por qué ahora?, ¿por qué quiere politizar el futbol? Como si una fosa no fuera política. Como si una madre que busca a su hijo tuviera que esperar a que termine el partido.

    Madres buscadoras
    Foto: Marco Antonio MARTINEZ / AFP vía GrosbyGroup.

    México celebró el Mundial mientras cargaba con más de 130 mil personas desaparecidas y una crisis forense que convirtió identificar a los muertos en una deuda nacional. Detrás de la copa había fosas y había tropa. No como metáfora, sino como estructura.

    La imagen de una madre frente a una valla no interrumpió el Mundial. Lo reveló. Sería fácil atribuir toda la responsabilidad a la FIFA, al Estado, a las marcas. Pero la hipocresía también fue nuestra. Admiramos a las madres buscadoras, pero las dejamos buscar solas.

    Celebramos al migrante que anota, pero cruzamos la calle frente al migrante que pide ayuda. Vestimos prendas bordadas por artesanas indígenas y rara vez preguntamos cuánto recibieron por su trabajo. Queremos goles sin fosas, turismo sin pobreza, diversidad sin redistribución y orgullo nacional sin memoria.

    Tal vez el problema nunca fue celebrar. El problema fue todo lo que aceptamos recortar para hacerlo. Yo también miré para otro lado. Compartí el gol de Quiñones sin preguntarme qué migrante sin balón cruzó esa misma semana y terminó en un centro de detención.

    Aplaudí el bordado sin preguntar cuánto le pagaron a la mujer que lo hizo. Vi la foto del hijo en la valla y seguí viendo el partido. Esa es la parte que no pienso resolver con una metáfora bonita. El pueblo no necesita que alguien le tome la foto, necesita que alguien deje de decidir, por él, cuál foto vale la pena tomar.

    Y esa decisión no la toma la FIFA ni el Estado solos. También la tomamos nosotros, cada vez que cambiamos de canal antes de que termine la escena incómoda. La próxima vez que una madre llegue a una valla con una foto en el pecho, la pregunta no debería ser por qué interrumpe. Debería ser: ¿por qué tuvimos que esperar a un Mundial para verla?

    Por: Paola Cazarán.

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