‘¿Cuál es el cuerpo perfecto?’ fue una pregunta que estuvo en mi mente desde que tengo memoria. Y genuinamente quiero preguntarte: ¿cuál es? ¿Es acaso ese ideal el que puede ponerse un bikini sin pena?
¿Es el que vemos en modelos y actrices? ¿Es el que no tiene celulitis, arrugas o estrías? ¿Es el que es joven? ¿El que no tiene huellas de guerra, accidentes ni maternidad? ¿Qué imagen viene a tu mente?
Lo sé y lo sabemos: el cuerpo perfecto es un estereotipo muy específico que se nos ha instalado desde que somos niñas mediante enseñanzas visuales en revistas, televisión, películas, la industria de la moda y la voz de los adultos de nuestro entorno.
Aunque no se nos dijera directamente, el mensaje inconsciente e indirecto siempre estaba ahí: hay ciertos privilegios y castigos sociales según el cuerpo que habitamos.

¿Qué significa tener el cuerpo perfecto?
Pero ¿es acaso que queremos tener este ‘cuerpo perfecto’ por el simple hecho de rechazo al nuestro, o acaso este deseo va más allá? Más que querer otro físico —tal vez— solo queremos que el nuestro sea aceptado por los demás; pero, al no serlo, terminamos rechazándolo y deseando habitar otro.
Por tanto, desear ese ‘cuerpo perfecto’ se vuelve, en ocasiones, también un mecanismo inconsciente de supervivencia que aprendimos: ‘si me veo de esa manera, me va a ir mejor en el trabajo, en el amor, en la vida en general…’.
Hace tiempo hice un sondeo en el cual planteé la siguiente pregunta: ¿Si pudieras cambiar tu anatomía y tener de la noche a la mañana el cuerpo perfecto —ese ideal de belleza máximo que sabes que cambiará con el tiempo— o, por otro lado, mantener el que tienes, pero que desaparezca todo juicio hacia el físico y que jamás se vuelva a mencionar la apariencia de alguien —incluida la tuya—, cuál elegirías: conservar el tuyo o cambiarlo por un ideal de belleza?
El porcentaje de respuesta me sorprendió: la mayoría prefería un mundo sin juicio hacia su físico que cambiar el suyo para ‘tener el cuerpo perfecto’. Y esto me hizo reflexionar sobre que tal vez no es la figura ideal en sí por la cual estamos obsesionadas, sino la vida que ese ‘cuerpo perfecto’ nos ha prometido, así como los premios y privilegios que ‘vendrían con él’.

Y también es importante desmentir varios mitos que fomentan esa búsqueda interminable, comenzando por el de la salud, porque un físico perfecto no es necesariamente sinónimo de salud; esa es una de las mentiras que nos hemos creído y una de las grandes justificaciones de las personas gordofóbicas cuando atacan a los demás por su peso: ‘te lo decimos por tu bien’, ‘es por tu salud’.
La salud para tener el ‘cuerpo perfecto’
Es importante ser consciente de que la salud es multifactorial, y el peso es solo un factor entre muchos otros que intervienen en ella. Si esa presión por tener un cuerpo ‘perfecto’ estuviera propiciada exclusivamente por la salud, no arriesgaríamos la nuestra por obtenerlo.
Llegando en casos incluso a perder la vida en un quirófano por tener una cintura más pequeña, enfermándonos por tomar medicamentos para la pérdida de peso o seguir dietas no saludables; incluso a veces perdemos la salud por aparentar estar sanas —algo que viví en carne propia—.
No existiría la negligencia médica derivada de la gordofobia en el sistema de salud. Si realmente fuera por salud exclusivamente, se juzgaría igual a una persona delgada que tiene malos hábitos que a una persona obesa o con sobrepeso, algo que no sucede.
Aceptaríamos que una persona puede no ser delgada ni tener el cuerpo perfecto y estar sana; incluso tomaríamos en cuenta la salud mental.
Nos han hecho creer que la salud tiene un solo tipo de físico. Existen atletas y mujeres con genética que naturalmente tienen una complexión más grande, que siguen siendo juzgadas por su figura, lo que las lleva a terminar cediendo a la narrativa del ‘cuerpo perfecto’.
El caso de Serena Williams lo refleja con claridad: una de las atletas más respetadas de todos los tiempos, con una constitución que le permitió conquistar múltiples títulos de Grand Slam y redefinir la grandeza deportiva, y aun así expuesta a la presión estética que exige modificar incluso aquello que ya era extraordinario.

Al ser presentada como imagen de un medicamento GLP-1, vemos a una atleta perfectamente sana sometida a medicación para la pérdida de peso. Eso demuestra que tener ‘el cuerpo perfecto’ no se trata realmente de salud, sino de estética y de cómo es percibido por los demás.
Ser de las atletas más importantes de todos los tiempos parece no ser suficiente para tener el físico perfecto: si este no es delgado, estilizado y lo que vemos en las pasarelas y revistas, no es aceptado. Esto crea una idea de perfección tan estrecha que ni siquiera quienes fueron capaces de hacer historia como Serena logran encajar en ella.
Buscar el ‘cuerpo perfecto’ o la aceptación
Otro de los mitos y promesas es que, al tener ese físico ‘perfecto’, pareciera que tuviéramos una varita mágica capaz de mejorar todo en nuestra vida. Y aunque, claro, existe un privilegio ligado a un cuerpo que entra dentro del estándar de belleza, no es una garantía para la perfección en la vida.
Si lo fuera, no existirían personas con ‘el cuerpo perfecto’ solteras, divorciadas, inseguras, enfermas o profundamente insatisfechas. A veces estamos tan enfocadas en nosotras mismas y en cómo cambiarnos, que llegamos a creer que todo lo ‘malo’ en nuestra vida desaparecería si fuéramos aceptadas dentro del ideal de belleza. Pensamos que entonces tendríamos esa pareja que deseamos, ese trabajo, esa seguridad o esa autoestima que tanto anhelamos.

Cuando lo cierto es que basta con voltear a nuestro alrededor para encontrar muchos casos de mujeres que han logrado lo que más deseamos con una figura similar a la nuestra y, al mismo tiempo, mujeres con cuerpos ‘perfectos’ que también han atravesado rechazo, inseguridad o baja autoestima.
Además, la búsqueda del físico ideal termina siempre en una nueva búsqueda porque nunca se llega realmente a ese lugar. Es una constante de cambios: desde las modas corporales hasta los propios cambios naturales —como el embarazo, la edad o la enfermedad—, sin mencionar el ciclo interminable de restricción y atracón, científicamente documentado.
Entonces, ¿por qué estamos entregándole tanto tiempo, energía y vida a algo que ni siquiera es realísticamente alcanzable? ¿Y si la respuesta no es cambiar nuestro cuerpo, sino cambiar la definición que tenemos de él?
¿No sería más sano cambiar mi idea del físico perfecto y terminar con una lucha que nunca vamos a ganar? ¿Hacer las paces con el paso del tiempo, las estrías, la celulitis, el peso y cualquier cosa que nos han enseñado a rechazar de nosotras mismas? ¿Y si mi cuerpo siempre fue el cuerpo perfecto para mí?
Quizá el físico perfecto nunca fue el que soñamos tener, sino el que ha estado aquí todo este tiempo, sosteniéndonos, acompañándonos y pidiéndonos algo mucho más valiente que cambiarlo: aprender a habitarlo con amor. Para mí, esa es la verdadera perfección: un cuerpo que amamos sin condición.
Por: Ana Carbajal.

