Durante mucho tiempo nos han vendido la idea de que andar con el mismo perfil de hombre es falta de amor propio, terquedad o ‘ganas de sufrir’. Nos juzgamos a nosotras mismas de una manera que a nadie más nos atreveremos a juzgar y nos preguntamos: ‘¿por qué carajos volví a elegir tan mal?’
Y siempre te dicen: ‘tienes que romper tus patrones’. Pero aquí hay una gran verdad que va mucho más allá de un mal gusto para ligar o de que ‘todos son iguales’. Reducir un patrón al hombre que elegimos es quedarnos en la superficie.
El patrón es algo mucho más profundo: es la memoria involuntaria de tu propio cuerpo. Es ese nudo instantáneo en la garganta ante un silencio absoluto después de expresar algo que te lastima, la necesidad compulsiva de complacer para sentirte a salvo y la facilidad con la que justificas lo injustificable solo porque la situación te recuerda a algo viejo.
Creemos que el patrón es el novio en turno, cuando en realidad el patrón es el libreto que traemos por dentro: cómo toleramos lo intolerable, cómo normalizamos las faltas de respeto y cómo seguimos llamándole ‘amor’ a un estado constante de alerta.
¿Por qué elegimos el mismo molde de hombre?
Y aquí entra la ironía más grande de la mente humana: el cerebro no busca lo que te hace feliz, busca lo que te resulta familiar.
Para nuestro sistema de supervivencia, lo predecible es seguro. Tal vez creciste aprendiendo que el cariño se gana con esfuerzo, que la atención es intermitente o que el afecto viene acompañado de tensión. Un hombre emocionalmente disponible, claro y tranquilo no se siente como paz; se siente sospechoso, aburrido o francamente aterrador.

En cambio, un hombre distante, alguien que te deja en seen durante tres días o que promete el cielo sin mover un dedo, activa exactamente los circuitos que ya te sabes de memoria. Entonces no es que elegiste ‘mal’, simplemente tu cerebro eligió una historia donde ya sabes perfectamente cómo empieza, cómo se tensa y, sobre todo, cómo termina.
Nuestro cerebro siempre va a buscar lo familiar porque eso es lo que lo hace sentir a salvo; al final, estamos hechos para sobrevivir y acudimos en automático a lo que ya conocemos. De ahí nace la idea de que siempre estamos ‘repitiendo patrones’. No se trata de que no aprendamos o de que nos encante sufrir como tanto se dice por ahí, es simplemente que la mente rastrea ese terreno conocido.
El cerebro siempre buscará algo que ya conoce
Entender esto me trajo muchísima compasión. Antes vivía frustrada preguntándome por qué otra vez había elegido mal, pero la realidad es que no elegí mal; de hecho, para mi cerebro, elegí bien, porque eligió lo que ya sabía manejar. Este último año aprendí algo clave: nuestros pensamientos están condicionados por experiencias pasadas, por lo que vimos, escuchamos y sentimos a lo largo de la vida.
Por eso me confundo tanto cuando me siento ‘segura’ al lado de alguien que sé perfecto que no me hace bien; no es seguridad real, es familiaridad, y por eso asumo que es el lugar correcto, olvidando que lo que pienso o siento en ese instante no tiene por qué corresponder con la realidad.
Como decía Bessel van der Kolk: ‘Los animales regresan a casa, independientemente de si el hogar es seguro o aterrador’. Esta frase me puso a pensar en todas las veces que volvemos al mismo lugar para ser lastimadas otra vez. Y me deja con una duda abierta: ¿estamos condenadas a buscar refugio solo en lo que nos resulta familiar, o de verdad es posible aprender a construir un apego hacia personas que sí son seguras y que nos hacen sentir auténticamente amadas?
Y por cómo he vivido durante estos meses, podría decir que sí: sí somos capaces de colocarnos a nosotras mismas en un lugar donde no nos estemos alterando el sistema nervioso constantemente. Aunque este proceso es doloroso, confrontativo y confuso literalmente una montaña rusa, romper el ciclo no se siente nada empoderador.
No es una escena de película donde sales renovada a la calle en cámara lenta, de hecho se siente todo lo contrario, porque tu mente entra en una auténtica abstinencia. Te entra la urgencia de buscar el caos conocido, de arreglarle la vida a alguien y de activar ese sistema de apego que ya dominas, donde al menos ya sabes cómo sobrevivir a la crisis cuando todo termine.

¿Cómo romper el patrón?
Romper el patrón duele el doble porque te obliga a sostener el aburrimiento y la soledad sin correr a anestesiarte con la primera persona que te hable bonito. Y aunque hoy entiendo que la soledad puede ser un espacio hermoso, también es profundamente incómodo.
Y aquí es donde creo que tenemos que comenzar a dejar la culpa a un lado y comprender que esto no es una simple decisión como elegir qué zapatos ponerte hoy. Nos han vendido una idea sumamente rígida de la sanación y de lo que significa ‘ser consciente’.
Pareciera que en cuanto detectas una red flag tienes que convertirte automáticamente en un ser iluminado, alguien que no deja pasar absolutamente nada por alto, que pone límites impecables en el segundo exacto, que domina a la perfección sus no negociables y que jamás duda de cuándo alguien no le conviene. Y la verdad es que no, la vida real no funciona así.
La vida es mucho más compleja de lo que a veces pensamos, aunque al mismo tiempo nos empeñamos en hacerla más difícil de lo que es. Esa es una contradicción con la que peleo constantemente: por un lado siento que la vida está hecha para disfrutarla, para estar en el presente, agradecer, sentir, saborear y dejar que las cosas pasen.
La duda eterna de saber con quién vas a compartir tu vida
Pero luego caen momentos donde toca tomar decisiones pesadas, como preguntarte: ¿con quién carajos voy a compartir cada uno de mis días? Y ahí la ligereza se esfuma. Se vuelve abrumador. Me debato entre querer ser esa persona que simplemente fluye y no se engancha con lo que no puede controlar, y la certeza de que para construir una vida que de verdad te guste tienes que hacerte cargo de ti misma.
Toca sentarte con tus sombras, hacer introspección, cachar los patrones que sigues arrastrando y defender lo que de verdad valoras. Pero durante este tiempo he intentado comprender que esas dos partes no tienen porqué estar peleadas, ambas versiones de mí pueden coexistir.
Puedo aprender a fluir con consciencia y puedo atreverme a amar en libertad, aceptando que los miedos probablemente no se van a evaporar por completo, sino que van a vivir conmigo, no como protagonistas, pero si como actores de reparto. Puedo aprender a sostener la incomodidad de que el proceso no sea lineal ni perfecto, pero teniendo la certeza de que tropezar no significa volver al punto de partida.

Quizá madurar no se trata de no equivocarte nunca más con la misma piedra, sino de voltear a verte a ti misma con paciencia y recordarte que estás aprendiendo a habitar una nueva casa, y que construir algo que valga la pena siempre toma tiempo y errores en el camino.
Al final, elegirte a ti misma no es algo que resuelves de la noche a la mañana. Es simplemente ir con calma, aceptar que desaprender lo que ya conocías toma su tiempo y es parte de un proceso, y no hay prisa por resolverlo todo hoy. Pero sí está en nuestras manos dar ese paso, hacernos cargo de nosotras mismas y aprender a reconocer lo que de verdad valoras y mereces.
Por: Fabiola García.

