Anabella Bergero convierte la moda y el arte en una forma de explorar la identidad, la migración y la feminidad latinoamericana. Su recorrido entre Argentina, México, Estados Unidos y Europa atraviesa distintas culturas y territorios, cuestionando qué significa pertenecer, crecer entre mundos y construir una identidad propia.
Mudarse de un país a otro puede significar mucho más que cambiar de dirección. Para Anabella Bergero, dejar Argentina a los 12 años para instalarse en México marcó el inicio de un recorrido por ciudades como Copenhague, Buenos Aires, Londres y Nueva York.
Hoy, encuentra en la moda y el arte una forma de explorar la identidad, la migración y la feminidad latinoamericana. En esta conversación, habla sobre sus raíces, su relación con la moda y la construcción de la feminidad.
¿Quién es Anabella Bergero?
Anabella Bergero es una emprendedora creativa, educadora y artista cuyo trabajo se sitúa en la intersección de la moda, el arte y la transformación personal. Guiada por su filosofía TO CREATE IS TO BECOME, se mueve entre el coaching, la colaboración creativa, la educación y los proyectos de arte y moda de edición limitada, siempre con la misma intención: inspirar ideas, identidades y emprendimientos que toman forma a través de la creatividad.
Crecer entre culturas también significa aprender a mirarse desde afuera
Su experiencia migratoria comenzó durante la adolescencia, justo cuando empezaba a construirse una identidad propia. El contraste entre los lugares donde vivió le permitió descubrir distintas maneras de entender la feminidad, la libertad y las tradiciones.
En México encontró una conexión profunda con ciertas costumbres latinoamericanas. Fue precisamente desde fuera de Latinoamérica cuando empezó a reconocerse más como parte de un continente que como perteneciente únicamente a un país. ‘Desde Europa o Estados Unidos uno ya deja de ser como argentino o chileno y uno empieza a ser como latinoamericano‘, explica Anabella.
Esa sensación de pertenecer a varios lugares a la vez terminó atravesando también su trabajo creativo. ‘La moda apareció como un espacio para intentar ordenar esas identidades aparentemente separadas y convertirlas en un lenguaje propio‘.

La moda como una primera forma de preguntarse qué significa ser mujer
Antes de llegar a la iconografía religiosa y a las quinceañeras, su trabajo ya estaba atravesado por preguntas sobre la feminidad. Desde sus primeros proyectos en moda comenzó a explorar qué significaba ser mujer en un contexto contemporáneo y globalizado.
La moda se convirtió así en una herramienta de exploración. ‘La moda nos da mucho lugar como para explorar, para jugar con identidades’, dice. Una idea que también explica por qué su trabajo nunca se ha limitado a la ropa, sino que ha terminado expandiéndose hacia la fotografía, las exhibiciones, los archivos personales y las experiencias colectivas.
‘Yo pasé por muchas feminidades y pasé también por muchas, como exploraciones identitarias, como que yo realmente, yo creo que la moda es esa construcción de una identidad. Entonces la moda nos da mucho lugar como para explorar, para jugar con identidades‘.
Volver a las quinceañeras para entender una tradición que también era propia
El proyecto sobre las quinceañeras comenzó, en parte, como un regreso a una experiencia personal. Sus propios 15 años habían ocurrido en Argentina, aunque muchos de los elementos utilizados para celebrarlos habían sido comprados en México, país donde había pasado buena parte de su adolescencia.
Años después regresó a esos mismos mercados, iglesias y espacios vinculados con el ritual. Se fotografió con vestidos de quinceañera, asistió a misas y comenzó a entrevistar a mujeres para construir un archivo sobre las distintas formas en que este rito marca el paso de la infancia a la adultez. ‘Empecé a tener como este archivo personal de un montón de estas historias que sin quererlo después se terminaron convirtiendo como en una propuesta curatorial sobre la construcción latinoamericana de la feminidad‘.
Lo que empezó como una curiosidad personal terminó transformándose en una investigación sobre la construcción latinoamericana de la feminidad. ‘Fue como de grande también revivir esa experiencia como de los 15 tal vez con otra autoestima, con otra visión de la vida’.
La Virgen de Guadalupe apareció primero como una imagen y terminó convirtiéndose en un lenguaje
La Virgen comenzó a formar parte de su obra casi de manera accidental. Durante uno de sus viajes por México encontró una imagen en un estacionamiento de Querétaro y decidió fotografiarla. ‘Sin una intención religiosa consciente detrás, aquella imagen terminó incorporándose a mis collages y el proyecto’.
A partir de ahí, la iconografía comenzó a repetirse y a adquirir nuevos significados. La Virgen de Guadalupe aparecía junto a flores, colores, fotografías y elementos provenientes de Argentina, México y Estados Unidos. ‘Más que representar una única tradición, se convirtió en una forma de reunir diferentes fragmentos de mi propia experiencia como latinoamericana’. El significado religioso llegó después. A medida que las mujeres que visitaban sus exhibiciones comenzaron a compartir sus propias historias con la Virgen.

El verdadero archivo de su obra está en las historias que comparten otras mujeres
Más allá de las fotografías, los vestidos o los collages, uno de los elementos más importantes de su trabajo ha sido el encuentro con otras mujeres. Durante las exhibiciones, muchas visitantes reconocieron sus propias experiencias en las imágenes y comenzaron a compartir recuerdos, emociones y relatos personales. Algunas incluso lloraron al encontrarse con elementos que conectaban directamente con su infancia o con su identidad.
‘Venían muchas mujeres a contarme sus experiencias más teológicas con la virgen. Entonces ahí empecé a escuchar muchas de estas historias y empecé a cobrar como un nivel de conciencia y de curiosidad que me hizo tal vez investigar mucho más’.

Una feminidad entendida desde la pertenencia, no desde una única manera de ser
Más que definir una única forma de ser mujer, Anabella imagina la feminidad como un espacio de pertenencia, conexión y libertad. Su mirada parte de una feminidad que no busca homogeneizar experiencias, sino reconocer todas las formas que puede tomar.
‘Que entren al espacio y que les transmita como esa armonía interna de ser mujer y que amemos ser mujeres, que amemos expresarnos y que amemos vivir estas tradiciones que nos acompañan individualmente y conjuntamente a generar estas feminidades sanas en la sociedad, a criar hijas sanas, a criar o educar mujeres sanas’.
Entre fronteras, recuerdos y tradiciones, Anabella ha convertido sus propios fragmentos en un lenguaje artístico que invita a otras mujeres a reconocerse, celebrar sus raíces y construir su propia forma de ser.

