Hace unos días hablaba con Dina, una de mis mejores amigas. Somos casi de la misma edad y ambas comenzamos a modelar casi al mismo tiempo. Durante diez años nos acompañamos en diferentes países, vivimos juntas las mismas aventuras y soñamos, a veces, los mismos sueños en torno a nuestra carrera.
Celebrábamos juntas cada logro y nos sosteníamos en los ‘fracasos’, tanto dentro de la industria como en la vida personal. Pero nunca, durante esos diez años, habíamos hablado de nosotras en pasado con el sentimiento que tuvimos hace unas semanas:
‘Extraño los problemas que teníamos antes’, ‘extraño los sueños que teníamos, las aventuras que vivíamos’, ‘nunca imaginamos los treinta así’… Nos confesábamos en aquella llamada con nostalgia.
Ver el pasado y futuro con nostalgia
Y no es que queramos volver a ser esas personas: amamos todo lo que hemos aprendido y la vida que tenemos en el presente, pero aún estamos construyendo una nueva faceta de nosotras, forjando una identidad que seguro también tendrá momentos emocionantes y aventuras.
Estamos a la mitad de ese puente, dejando atrás nuestros veinte y el modelaje, algo que hicimos durante tanto tiempo y que acabó convirtiéndose en parte de nuestra identidad. Es normal extrañar lo que fue una especie de hogar.

Mis treinta han llegado con una gran carga emocional, debido a la cantidad de duelos que trae consigo este número: el de mis veinte, el de lo que creí que sería mi vida a esta edad, el de los cambios en mi cuerpo, en mi entorno, en lo laboral, en mis ambiciones…
El duelo de quien ya no veo en el espejo. Y de pronto te golpea como un camión la realidad de que ya no eres aquella versión de ti que amabas, aunque tampoco has llegado a la nueva persona que amarás.
El hecho de creer
Crecer se va sintiendo como si aquello que deseábamos aún estuviera ahí, pero quien lo deseó ya no. Y a veces nuestra única respuesta a este cambio es aferrarnos a una imagen de nosotras que ya no existe o ya no encaja en nuestra vida: por miedo al futuro, por miedo a que la nueva versión no sea percibida con el mismo éxito, con el mismo amor o con la misma admiración.
Este miedo es algo natural. Antes de consolidar una nueva identidad, el cerebro suele entrar en un periodo de inestabilidad; a este intermedio podemos verlo como un puente: un espacio donde comienza a elaborarse el duelo de quién éramos y también la construcción de nuestro yo del futuro.
Sin embargo, asumirlo suele ser difícil, ya que el cerebro se siente inseguro cuando dejamos de ser ‘quien éramos’. Aun cuando esa etapa pasada no fuera la mejor o incluso nos lastimara, era la conocida; y el cerebro prefiere lo familiar por encima de lo saludable.

Encontrar nuestra propia identidad
Los hábitos y las identidades consolidan rutas neuronales automáticas. Por eso, cuando empezamos a cambiar, el cerebro interpreta ese proceso como una pérdida de seguridad y control, sin que signifique eso realmente una amenaza.
De ahí que muchas personas sintamos ansiedad justo cuando estamos creciendo, cambiando y mejorando; y de ahí también viene esta fijación por nuestra etapa del pasado, así como miedo hacia lo que seremos, imaginando miles de opciones que pueden salir mal.
Sesgo de negatividad
Influye, además, lo que en psicología cognitiva se denomina sesgo de negatividad: la tendencia del cerebro a darle más peso a los “peligros” —sean reales o no—, para activar mecanismos de protección ante ellos.
Por todo ello, el futuro, lo desconocido y lo que aún no somos tiende a despertar más emociones negativas que positivas. Este periodo incierto no es un fracaso, sino un espacio y un tiempo que existe entre quien eras y quien serás, y que es necesario habitar conscientemente para que esa transformación ocurra.
Y este puente o ‘limbo’ es algo que vemos normalmente en la naturaleza: desde la oruga en el capullo antes de convertirse en mariposa, la noche en su momento más oscuro antes de que salga el sol, hasta las semillas que crecen primero en la oscuridad antes de florecer. Toda belleza natural necesitó cruzar ese umbral.
Estos espacios de incertidumbre son necesarios, pero de cierta manera hemos dejado de normalizarlos, ya que pocas veces vemos el proceso —los tránsitos que esas personas tuvieron que recorrer para llegar al otro lado—.
Y la única diferencia entre quienes crecieron, se construyeron y abrazaron su nuevo yo y las que no, es que, aun con miedo y dolor por dejar atrás una versión de sí mismas, siguieron avanzando. Porque quien se detiene en medio de un puente no llega a ningún lado.
No quedarse en medio del puente
Hace poco leí en un diario de mi adolescencia que «deseaba vivir al máximo cada una de mis etapas para cuando sea viejita y poder ser el conjunto de lo mejor de todas esas mujeres que fui». ¿Qué mágico es verlo así? Al avanzar estamos reuniendo todas las versiones de nosotras que nos acompañarán en el final.

¿Y si en lugar de resistirnos y aferrarnos al pasado intentamos abrazar estos cruces con una actitud diferente, aceptando que estamos en una fase de transición y soltando la necesidad de tenerlo todo bajo control? ¿Quién quiero ser al llegar al otro lado? La identidad se construye antes de sentirse natural. Es normal que tu nueva faceta se sienta incómoda —o “falsa”—, porque el cerebro todavía no la reconoce ni la automatiza. Ten mucha paciencia.
El ejercicio de la carta me encanta y puede acompañarte durante este duelo. Escríbele una carta de despedida a tu yo anterior, agradécele lo que hizo por ti y despídete de las partes que ya no necesitas. Después, redacta otra carta de bienvenida para la nueva persona en la que te estás convirtiendo, háblale de tus sueños para ella y de todo lo que deseas construir. El ritual puede ayudarte a vivir la transformación con más amor y menos miedo. Cruzar ese umbral entre nuestra antigua identidad y nuestra nueva versión se vuelve más fácil cuando honramos con amor a ambas personas: a la que fuimos y a la que vamos a ser.
Por: Ana Carbajal.

