Durante décadas, México tenía una imagen estereotipada asociada a un ratón de caricatura que usaba sombrero ancho, huaraches y corría a la velocidad de la luz. Speedy González ese personaje de Warner Bros. que cruzaba la pantalla al grito de “¡Ándale, ándale! ¡Arriba, arriba!” se convirtió en el embajador animado de un país entero.
Detrás de su simpatía y su agilidad cómica, el personaje condensaba un conjunto de imágenes que el cine y la televisión estadounidense habían estado construyendo desde los años cuarenta: el pueblo polvoriento, el sol implacable, los compadres dormilones bajo sus sombreros, el acento exagerado y la pobreza convertida en escenografía cómica. Un retrato reducido, quizás afectuoso pero hiriente y sesgado ante tanta riqueza cultural que ofrece nuestro país.
Cuando viví en Nueva York en los años noventa, recuerdo que un novio me preguntó, con toda la sinceridad del mundo, si en México ya teníamos calles pavimentadas y regadera con agua caliente. No era una broma. Realmente imaginaba que vivíamos como en las películas del viejo oeste.


Yo me reí y contesté; ¡Cómo crees!. Pero en el fondo me daba vergüenza y pensaba que triste imagen tienen de mi país. Cuando iba a un casting de modelaje; me preguntaban ¿De donde eres?; yo contestaba que de México y hubo muchas veces que la gente hacía comentarios en tono despectivos o incrédulos como por ejemplo; ¿qué idioma hablan allá?….
Durante años, México fue explicado desde el folclor. Como si nuestra identidad pudiera resumirse en Frida Kahlo, Diego Rivera, los tacos y el Día de Muertos. Y aunque claro que sí, eso forma parte de nuestra riqueza cultural, México siempre fue muchísimo más complejo, sofisticado y contemporáneo de lo que el mundo alcanzaba a ver.
Ese México exótico de burros, tequila y mariachis no solo es cosa del pasado, si no que además ha transformado por completo su narrativa y ahora se ha convertido en uno de los lugares más codiciados del momento. Y a mi me emociona enormemente el momento que estamos viviendo.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, siento que el mundo está descubriendo al México que nosotros siempre hemos conocido. Hoy, la Ciudad de México aparece constantemente entre las ciudades más deseadas para visitar. Los restaurantes mexicanos figuran entre los mejores del mundo. Hoteles de diseño, galerías de arte, magníficas propuestas de arquitectura, mercados, barrios y experiencias gastronómicas forman parte de los itinerarios de viajeros que antes solo pensaban en París, Nueva York o Tokio.
¡Y no vienen únicamente a comer tacos!. Vienen a descubrir una escena gastronómica liderada por chefs que han convertido la cocina mexicana en una de las más admiradas del planeta.
Vienen por la arquitectura de Luis Barragán, por la energía creativa de colonias como La Roma, Condesa o San Rafael, por los hoteles boutique que mezclan diseño con tradición, por estados como Oaxaca, Baja California, San Miguel de Allende y por todos esos rincones tan instagrameables que durante años fueron nuestros secretos mejor guardados.

También vienen por el arte. Cada febrero, la Ciudad de México se convierte en uno de los epicentros culturales más importantes del mundo con Zona Maco, una feria que reúne a coleccionistas, galeristas, artistas y curadores de todos los continentes. Hace apenas unas décadas parecía impensable que México estuviera en esa conversación. Hoy es el sexto país más visitado del mundo y el segundo de todo el continente americano.
Pero hay algo más profundo; siento que México está viviendo un despertar. No hablo de un fenómeno político ni económico, sino de algo mucho más sutil, algo energético. Nuestro país comienza a revelar aquello que siempre estuvo aquí: una riqueza invisible que no se mide en monumentos ni en cifras, sino en la capacidad de hacernos sentir presentes y alineados con una fuerza cósmica.
Creo que muchas personas llegan a México pero terminan enamorados porque encontraron algo que no sabían que necesitaban: una pausa, una sensación de pertenencia y una forma bien distinta de habitar la vida. Quizá por eso México se está convirtiendo en un refugio para el alma. Porque en una época en la que todo pareciera que estamos por embarcar un viaje al futuro, aquí todavía existen muchos lugares que nos invitan a recordar las cosas simples de la vida y que nos hacen humanos.
Pienso en ese novio de Nueva York y como me gustaría verle la cara transformarse al ver una exposición de arte contemporáneo en el Museo Jumex o en el Tamayo, caminar por las calles de la colonia Roma, o quedarse atónito al disfrutar de una exquisita cena en un restaurante de Enrique Olvera.
Hoy, ese país que habían reducido a caricatura, se para frente al mundo con toda su complejidad: con su historia, sus heridas, su gastronomía, su arte y su energía imposible de copiar.
No estamos en tendencia. Somos referente. Y apenas estamos comenzando.
Por Luisa Peña.

