Es la era del TikTok y la moda se ha puesto de moda. Pero hay algo profundamente irónico en esto: mientras algunas personas evitan presumir su trayectoria, otras se autoproclaman ‘expertas’ con una seguridad olímpica y se atribuyen la autoridad de opinar o, peor aún, ejercer como profesionales con tan solo la endeble educación de haber visto unos cuantos reels de moda.
No hablo del verdadero síndrome del impostor, ese en el que por más que se tenga sustancia y tablas, uno no termina de creérselo. Me refiero al fenómeno contrario: ser un ‘inventado’, consecuencia de la epidemia moderna por la que cualquiera se siente listo para dar cátedra, cobrar asesorías, dar consultas y construir una identidad profesional completa sin haber pasado por el incómodo —pero necesario— proceso de aprender de verdad.
Me disculparán quienes se sientan aludidos, pero el legítimo aprendizaje se da al poner en práctica el estudio y la teoría, con miles de horas de repetición, acumulando años de oficio. Lo que coloquialmente llamamos tablas.
¿Qué significa saber de moda?
Tener buen gusto no convierte a nadie automáticamente en profesional de la moda: vestirte bien no es lo mismo que entender la construcción de imagen. Saber combinar colores no significa comprender historia de la moda, dirección creativa, styling editorial, semiótica del vestido, comportamiento del consumidor o narrativa visual.
Tener seguidores tampoco reemplaza la experiencia; la moda tiene oficio, no solo es ropa: conecta el consumo con la identidad, el entretenimiento y la cultura, y ocupa uno de los lugares más importantes del mundo en términos económicos.

La moda comunica quiénes somos, cómo nos sentimos y cómo queremos presentarnos al mundo; funciona como un termómetro cultural porque absorbe y refleja lo que una sociedad está viviendo. Nunca existe de manera aislada: siempre responde al momento histórico.
Quienes ejercemos esta profesión con rigor pasamos años asistiendo a shoots, aprendiendo de errores, cargando racks, estudiando textiles, analizando con lupa editoriales y campañas, desmenuzando referencias culturales y desarrollando criterio; y, por supuesto, aprendiendo a leer las necesidades de la clientela. Recuerdo mis primeros años en El Palacio de Hierro: había un respeto natural por el proceso y por la trayectoria; admiraba profundamente a quienes me formaron.
Las redes sociales y la democratización de la moda
Las redes sociales democratizaron la moda y eso tiene cosas maravillosas —no lo niego—: nos han conectado con el mundo y tenemos acceso a información que antes era impensable. Sin embargo, su lado negativo ha generado una peligrosa confusión entre visibilidad y credibilidad, dos conceptos totalmente distintos. Es como si hoy fuera más importante parecer que ser.
Esto me preocupa porque no solo afecta a los profesionales con experiencia, sino también a quienes los contratan, que suelen ser víctimas de impostores. Dejarse dirigir por alguien que carece de sustancia puede ser desastroso para cualquier persona o marca. El fenómeno no se limita al ámbito de la moda: hace unos días me quedé en shock al ver en las noticias que una mujer perdió la vida en manos de una pseudocirujana que le practicó un procedimiento de liposucción.
En este sector, he notado que quienes poseen conocimiento de fondo entienden la complejidad de las cosas; por ello suelen ser más mesuradas, más humildes, más conscientes de todo lo que aún falta por aprender.

Quienes, en cambio, apenas rozan la superficie, se mueven con una seguridad desproporcionada. No es casualidad. ¿Cuántas cuentas de influencers, stylists y asesoras de imagen hay en las redes? Reducir la moda únicamente a ‘outfits‘ y links de compra de ropa ‘trendy‘ para generar engagement empobrece una industria entera.
Nada de esto se trata de elitismo: nadie nace sabiendo y todos empezamos desde algún lugar. El problema no es aprender públicamente, sino vender autoridad antes de haber construido criterio. Hay una diferencia enorme entre decir ‘Estoy aprendiendo sobre moda’ y decir ‘Soy experta’.
Quizás necesitamos volver a valorar algo que las redes hicieron parecer anticuado: la trayectoria, el criterio y las tablas, porque, tarde o temprano, la espuma baja. Y cuando eso pasa, lo único que sostiene una carrera real es el conocimiento. Lo demás, más pronto que tarde, se nota.
Por: Luisa Peña.

