viernes, septiembre 18, 2026
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    La belleza duele: ¿Pero realmente sabemos cuánto?

    Septiembre, el mes de la moda, donde nuestro feed se llena de mujeres hermosas, nuevas modas, nuevos trends, y  en esta saturación de 'musts', te invito a que antes de correr a seguir la nueva tendencia, cuestionemos por qué lo hacemos. ¿Es por diversión, por amor o por una creencia de que mi valor aumenta al encajar en la definición tan subjetiva que es la belleza?

    Cierro los ojos y aún recuerdo las mañanas de mi infancia. Mamá, corriendo por la casa y yo, somnolienta, tratando de seguirle el paso, hasta llegar a mi parte menos favorita: peinarme. Mamá reunía todo mi pelo luchando para que ni uno se quedará afuera. Pasaba el cepillo tan cerca de mi cráneo que yo quería escaparme de sus manos mientras se me salía un ‘¡Auch! me duele!’.

    Y ella me decía: ‘Hija, la belleza duele ni modo, ya casi termino’. Recuerdo la primera vez que fui consciente de esa frase y no me gustó, ¿pero por qué tendría que doler?. Pero yo quería verme bonita; era una niña muy vanidosa. Así que, después de mucha repetición de ‘la belleza duele’, dejé de quejarme. 

    Con los años escuché esa frase en muchas bocas conocidas. A veces cambiaba por ‘la belleza cuesta’, ‘el que quiere azul celeste, que le cueste’, etc. Como mujer norteña, la belleza tiene un lugar muy importante entre las mujeres a mi alrededor. Crecí con historias de cómo dormían con un listón en la cintura, cómo las fajas eran algo normal, los tintes, las cirugías y, claro, el maquillaje casi 24/7.

    ¿La belleza tiene que doler?

    Y cuando me cansé del costo y dolor de querer ser constantemente bella, y me rebelé vino el reclamo social: ‘¿Por qué ya no te arreglas?’. Pero, ¿qué hay que arreglar de mí?, sentía como si la versión natural de mi cuerpo y mi rostro estuviera dañada. Así que volví a las viejas costumbres, pensando que ese costo y dolor era algo que tenía que soportar para ser considerada bella y encajar.  

    Porque considero que ese es uno de los motores detrás de esta industria de la belleza: el deseo de pertenencia y no es casualidad que busquemos pertenecer. Nuestro cerebro está diseñado para hacerlo. Durante miles de años, ser excluidos del grupo significaba poner en riesgo nuestra supervivencia. Tal vez por eso, todavía hoy, somos capaces de pagar costos enormes, emocionales, económicos y físicos con tal de sentir que encajamos.

    ¿La belleza duele?
    Foto: Pexels.

    Al comenzar mi carrera como modelo, esta presión creció. Ya ese dolor o costo no eran solo tirones de pelo o dormir con una faja; eran procedimientos quirúrgicos, inyecciones, rellenos, bras con push-up, extensiones y carillas. A veces la agencia parecía más una carrocería donde los cuerpos eran tratados como objetos que había que ‘reparar’ o modificar más que un lugar de representación.

    Vi a tantas y tantas compañeras pasar por dolores y costos que no deseaban, pero que sentían la necesidad de asumir para pertenecer a esta industria. Muchas de ellas se arrepintieron de sus procedimientos con el tiempo. Y creo que ahí me di cuenta del verdadero costo de la belleza: no el monetario, ni ese dolor físico, sino el costo mental de la misma. 

    La belleza se vuelve la vara con la que medimos nuestro valor

    Sí, la belleza duele, pero no solo por el hecho de cambiar nuestro cuerpo, sino porque se vuelve la vara con la que medimos nuestro valor. Es ahí donde pagamos un precio muy caro: cuando termina por costarnos el amor propio, la salud y paz mental.

    Ese es el dolor que se queda; no el de una cirugía o el de un tratamiento estético. Es el dolor de saber que nunca me voy a sentir suficiente porque no tengo cierto físico. Ese dolor que millones de mujeres vemos en el espejo, al desear ser alguien más, ese es el costo y el dolor de la belleza que no nos cuentan; el que nos hace desconectarnos de nuestro cuerpo y vivir en una lucha interna que no hace más que robarnos vida.

    Y la trampa de la belleza es tan hermosa que voluntariamente caemos en ella porque está llena de promesas de mejorar nuestra vida. Pero, ¿y si lo que vemos, no es verdad?, ¿y si es parte de una propaganda para distraernos de lo que realmente importa: nuestros valor como seres humanos, más allá del cuerpo?

    ¿Dónde está la línea límite?

    La línea es delgada porque, claro que disfrutamos de muchas de las cosas que hacemos por belleza. Algunas de verdad las hacemos por amor propio pero, ¿dónde está el límite?. Analizando esto me di cuenta de que la línea se marca cuando comienza a darme miedo el paso de los años. Cuando me incomoda no estar ‘arreglada’, cuando me trato más como un objeto que como un ser humano, forzándome a ser un ser que no cambia, cuyo cuerpo no tiene marcas del tiempo. 

    Cuando deseo cambiar quién soy, tener otra edad, para poder sentir que sí soy merecedora de amor y respeto. Cuando tengo miedo de perder el privilegio de ser bella. Cuando rechazo algo de mí, no porque no me guste, sino porque no les gusta a los demás.

    Esa se volvió mi línea diferenciadora: cuando el precio de la belleza se vuelve mental y emocional, es cuando ya no estoy dispuesta a pagarlo. Entonces, ¿cómo me acerco al mundo de la belleza ahora?

    Con diversión. Con compasión. Con amor propio. Con consciencia de cómo me siento. Sabiendo que mi valor no depende de un estándar. Sabiendo que es una decisión, no una obligación. Sabiendo que no le debo belleza a nadie. 

    Y fue cuando vi que la diferencia entre el autocuidado y perseguir el ideal inalcanzable está en el porqué hacemos las cosas. No es lo que haces. Es desde dónde lo haces.

    Dejando de demonizar la moda, el maquillaje, o las cirugías; desplazando la atención hacia la motivación detrás de ellos y preguntándome: ‘¿Lo hago porque me odio o porque me amo?¿Lo hago por mí misma o por alguien más?’.

    Cuando comencé a vivir con este nuevo enfoque, el costo de la belleza se volvió en una inversión personal. Ahora no busco ser considerada bonita; busco ser yo, en mi mejor versión. Y aún cuando no estoy mi mejor versión para mí, aún soy suficiente. Y deja de importarme si soy considerada hermosa o no por los demás.

    Para mí, la belleza se convirtió en un acto de amor, en la belleza de verme con ojos más nobles, más justos, más amables. Con pelo negro o blanco, con piel llena de colágeno o con marcas que celebran mis años; con un cuerpo firme o flácido; con días buenos y días malos. En cada momento de mi vida, en cada etapa que estemos, la belleza nos habita. Y es cuestión de abrirle la puerta y darnos ese permiso de sentirnos hermosas. 

    ¿La belleza duele?
    Foto: Pexels.

    ‘Jamás te podrás sentir bella si en tu propia definición de belleza no te encuentras tú’

    Y ese permiso viene de la creencia que tenemos de lo que es bello. Si para ti una mujer bella es solamente una mujer con ciertos rasgos físicos que tú no tienes, ¿cómo podrías considerarte bonita?. Es hora de construir una definición de belleza que te incluya. Tanto física como internamente.  

    Esa aceptación que tanto buscamos fuera, ese merecimiento, ese amor que creemos que tendremos al encajar en un estándar, es algo que hoy mismo te puedes dar a ti misma viéndote con otros ojos, reconociendo tu valor y comenzando a actuar como la mujer más hermosa de tu vida, de tu mundo, porque lo eres. Y esa belleza emana de nosotras justo cuando creemos realmente que lo somos. 

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