La idea de escribir sobre México —o, más precisamente, sobre la experiencia de observar México— me produjo durante semanas una mezcla de fascinación, ansiedad y curiosidad.
Pensé muchísimo en cuál debía ser ese primer texto. Y mientras más caminaba la ciudad, más difícil se volvía separar unas cosas de otras: la estética de la política, la política del cuerpo, la relación entre lujo y blanquitud, la ansiedad aspiracional que parece atravesarlo todo, la obsesión contemporánea por verse correcto.
Porque hay algo profundamente visual ocurriendo en Ciudad de México.

Ciudad de México y la construcción de una estética contemporánea
Se siente en las nuevas narrativas de sofisticación, en las colonias convertidas en símbolo cultural, en la estética perfectamente calculada de ciertos cafés, en la arquitectura emocional de Instagram, en la manera en que las redes sociales han transformado la idea de pertenecer.
Pero también se siente en algo más difícil de nombrar: los cuerpos que parecen habitar naturalmente el centro de ciertos espacios y los que continúan siendo leídos como contraste.
Lo pensé una tarde, sentada en un café de esos donde todo parece diseñado para ser fotografiado antes que vivido.
La luz caía perfectamente sobre las mesas. Las plantas estaban colocadas con una precisión casi escenográfica. Las tazas, los platos, las sillas, la música, incluso el silencio, parecían formar parte de una misma curaduría. Alrededor, varias personas fotografiaban sus bebidas, sus manos, sus lentes oscuros, sus gestos de naturalidad cuidadosamente construida.
Había algo bello en esa escena, no quiero negarlo; pero también, algo incómodo. No por el café en sí, ni por la gente, ni por la belleza del lugar. Sino porque de pronto resultaba evidente que esa imagen de sofisticación ya tenía cuerpos asignados. Algunos parecían pertenecer sin esfuerzo. Otros, incluso estando presentes, parecían invitados a una escena que no había sido pensada para ellos.

El poder de la imagen y los cuerpos que valida
Y hay días en los que esta ciudad me produce fascinación absoluta: la manera en que la gente se viste, la sofisticación estética de ciertos lugares, la creatividad visual, la obsesión por el diseño, por el detalle, por construir experiencias.
Hay algo magnético en una ciudad que parece entender tan bien el poder de la imagen. Y justamente por eso empecé a preguntarme qué cuerpos son los que esa imagen termina validando.
He pensado mucho en cómo Latinoamérica aprendió a relacionar ciertas ideas de éxito, refinamiento y prestigio con una estética específica, esa que muchas veces sigue aproximándose a la blancura, a lo europeo y a ciertos códigos de clase históricamente vendidos como aspiracionales.
Parte de lo incómodo es aceptar que incluso quienes cuestionamos esas dinámicas también participamos de ellas, porque yo también entiendo el deseo de verse correcta. La seducción de ciertos espacios, la fantasía de pertenecer, la ilusión silenciosa de que la estética puede acercarnos a una versión más legítima de nosotras mismas.

Por eso este tema me obsesiona tanto: el racismo latinoamericano contemporáneo rara vez se presenta únicamente como rechazo explícito; a veces aparece disfrazado de gusto, de sofisticación, de ‘estilo’, de códigos sociales que aprendimos a leer casi sin darnos cuenta.
Racismo, colorismo y representación: las jerarquías que ya no se nombra
Ya no siempre se dice quién pertenece y quién no. Ahora se sugiere:
- en los tonos de piel que dominan ciertas campañas,
- en los cuerpos que representan el lujo,
- en quién parece ‘verse bien’ en determinados espacios,
- en quién encarna naturalmente la idea de sofisticación.
Por eso las conversaciones actuales sobre representación, racismo y colorismo en México resultan tan incómodas: obligan a hablar no solo de discriminación, sino también de deseo, de quién aprendimos a admirar, de quién deseamos parecernos, de qué cuerpos asociamos con éxito, belleza o modernidad.
Eso es lo que vuelve tan revelador este momento cultural mexicano: la sensación de que todo se ha convertido en imagen, al mismo tiempo que muchas de las viejas jerarquías sociales permanecen intactas.
El deseo contemporáneo y la sofisticación aspiracional
Ciudad de México parece haberse convertido en una especie de laboratorio latinoamericano del deseo contemporáneo: una ciudad que vende diversidad mientras continúa profundamente organizada por códigos de clase y raza, una ciudad que celebra ‘lo latino’, ‘lo artesanal’ y ‘lo auténtico’, pero muchas veces bajo filtros visuales profundamente europeos y aspiracionales.
Basta caminar por ciertas zonas para percibirlo.
La Roma y la Condesa se han erigido en escenarios internacionales de sofisticación urbana; las cafeterías donde todo parece diseñado para ser fotografiado; los restaurantes en los que el concepto importa tanto como la comida; las boutiques que transforman referencias populares y artesanales en consumo prémium; los discursos sobre bienestar, diseño y autocuidado que circulan como nuevas formas de estatus cultural.

Nada de esto es superficial. Las estéticas también producen poder, y las redes sociales han intensificado ese fenómeno hasta niveles difíciles de ignorar.
Instagram y TikTok no solo muestran la ciudad: reorganizan la experiencia de habitarla. Ahora ciertos espacios existen para ser documentados. Ciertos barrios se transforman en identidad visual antes que en territorio.
La experiencia urbana comienza a parecerse cada vez más a una curaduría permanente de una misma, y ahí aparece una de las tensiones más importantes del México contemporáneo: la relación entre consumo y legitimidad social.
Cuando consumir también significa aprender a verse correcta
No se trata únicamente de consumir objetos, sino de consumir una imagen de una misma: aprender a verse correcta, aprender los códigos visuales adecuados para circular dentro de determinados espacios culturales.
Porque, aunque Latinoamérica ha cambiado enormemente, todavía existe algo profundamente arraigado en la forma en que asociamos prestigio, sofisticación y legitimidad con ciertos cuerpos y ciertas estéticas.
Aunque la diversidad aparece más en campañas, editoriales o discursos públicos, las jerarquías visuales siguen siendo sorprendentemente estables. Algunos cuerpos continúan representando sofisticación. Otros siguen representando inclusión, exotismo, tendencia, diversidad, pero no necesariamente el foco (la centralidad).

Ese es el punto: no basta con aparecer, no basta con ser incluido en la imagen.
La pregunta es quién ocupa el centro sin tener que justificar su presencia, quién puede representar belleza sin ser leído como cuota, quién puede encarnar lujo sin parecer una excepción, quién puede estar en una campaña, en una terraza, en un museo, en una portada, en una mesa cara, sin que su cuerpo sea convertido en mensaje político involuntario.
Todavía confundimos ciertos rasgos con neutralidad estética, como si algunos cuerpos simplemente se adaptaran mejor en el lujo que otros.
Y eso que llamamos «neutral» casi siempre tiene historia, tiene raza, tiene clase, tiene una genealogía colonial que enseñó a mirar unos cuerpos como universales y otros como particulares.
La estetización del presente mexicano
Ahí aparece una de las contradicciones más agudas del presente mexicano: mientras el país abre conversaciones más profundas sobre representación, privilegio y racismo, también vive uno de sus momentos más intensos de estetización social.
Todo debe verse bien. Todo debe ser deseable. Todo debe ser compartible. Incluso la identidad, incluso la conciencia política, incluso la diferencia.
Hay algo particularmente latinoamericano en esa tensión entre autenticidad y performance, entre celebrar lo popular y seguir expulsando simbólicamente a muchos cuerpos populares del centro de la sofisticación cultural.
La gentrificación visual también transforma la ciudad
Porque la gentrificación no es solamente económica. También es visual: transforma quién representa la ciudad, qué estética se vuelve aspiracional, qué cuerpos son leídos como contemporáneos, qué gestos parecen elegantes, qué acentos se vuelven cosmopolitas, qué pieles son asociadas con el futuro.

La gentrificación visual no solo cambia fachadas, menús o precios; también reconfigura la imaginación; decide qué partes de una ciudad pueden convertirse en marca y qué partes deben permanecer como fondo; decide qué cuerpos aparecen como protagonistas de la nueva modernidad urbana y cuáles quedan reducidos a textura, servicio, folclore o decoración.
¿Quién ocupa el centro de la imagen?
Por eso escribir sobre estética termina siendo escribir sobre poder, sobre deseo, sobre clase, sobre raza.Pero también sobre algo mucho más humano: la necesidad de pertenecer, de sentir que el mundo para el que aprendimos a prepararnos también fue construido para recibirnos.
Ahí, precisamente ahí, comienza realmente la conversación sobre quién ocupa el centro de la imagen.
Por: Paola Cazarán.

