Hace unos días, en un taller de imagen, una de las asistentes me hizo una pregunta que, aunque parecía sencilla, no contesté como me hubiera gustado —me pareció que había mucho que explorar al respecto—.
Respondí para salir del paso, pero la realidad es que me quedé pensando todo el día en el tema. La pregunta fue: ‘¿Cómo puedo vestirme para ir a trabajar, respetando el código de vestimenta, pero sin dejar de ser femenina?’.
La pregunta no era superficial. No hablaba solo de ropa, sino de identidad, de percepción y, sobre todo, de lo que aún creemos que significa ‘ser femenina’. Y sorprende que, en pleno siglo XXI, sigamos teniendo un concepto tan confuso y, a veces, tan limitado de la feminidad.

¿Qué significa ser femenina?
Porque ¿qué es realmente lo femenino: una falda lápiz, unos tacones, colores suaves, el maquillaje perfecto…? Durante mucho tiempo, nos enseñaron que lo femenino tenía una estética específica, casi rígida: algo delicado, discreto, incluso silencioso; una definición que hoy nos queda muy corta para abarcar sus expresiones posibles.
La feminidad no es un uniforme; sin embargo, en el entorno laboral esta tensión se vuelve especialmente evidente. Muchas mujeres sienten que deben elegir entre verse profesionales o verse femeninas, como si fueran conceptos opuestos; como si la autoridad se construyera a partir de neutralizar lo femenino; como si la seriedad fuera incompatible con la expresión personal.
Ser profesional, ser femenina
Una de ellas levantó la mano y comentó que se sentía incómoda siendo ella misma en la oficina, en parte por miedo a que no la tomaran en serio; por eso, ocultaba sus preferencias de estilo, que solo se permitía expresar los fines de semana.
Entendía que su feminidad únicamente podía expresarse mediante ropa de colores y accesorios como moños, corazones, perlas y listones —elementos que durante décadas han sido asociados a un ideal de mujer femenina—. Era, en definitiva, una persona distinta entre semana y otra los fines de semana.

Vestirse para la oficina
Pero no tiene que ser así. Vestirse para el trabajo no debe ser un ejercicio de invisibilidad ni una renuncia. Al contrario, es una oportunidad de comunicar quién eres dentro de un contexto específico. Y sí, eso incluye tu feminidad, pero definida por ti, no por un molde heredado.
He visto mujeres con trajes sastre impecables que transmiten una feminidad poderosa sin necesidad de adornos evidentes. También he visto otras que incorporan textura, color, accesorios o siluetas más suaves sin perder un ápice de profesionalismo. ¿La diferencia? No está en la prenda: está en la intención.
La clave no es ‘agregar feminidad’, como si fuera un accesorio más, sino entender que la feminidad puede habitar en la estructura, en la elección, en la actitud. Puede estar en unos pantalones sastrados, en una camisa blanca, en unos mocasines flats; puede estar en un labial rojo o en la decisión de no usar maquillaje; incluso puede estar en todo o en nada visible.
Porque la feminidad no siempre se ve. A veces se siente. De hecho, la feminidad también puede expresarse a través de cualidades como la empatía, la sensibilidad emocional, la creatividad, la cooperación y la conexión —igualmente necesarias en el entorno laboral—.
Y aquí es donde vale la pena replantearnos la conversación. No se trata de cómo vernos más femeninas en el trabajo, sino de cómo dejar de limitar lo femenino a una estética reducida y empezar a vivirlo como una expresión más libre y contemporánea.

Respetar un código de vestimenta no significa diluirse ni dejar de ser una misma: significa entender las reglas del contexto y decidir, con inteligencia y autenticidad, cómo moverse dentro de ellas.
Así que, si tuviera que responder hoy a esa pregunta del taller, lo haría de forma distinta. No diría qué prendas usar, sino lo siguiente: tu feminidad no está en lo que te pones, sino en cómo decides presentarte al mundo; y eso, afortunadamente, ya no tiene una sola forma.
Por: Luisa Peña.

