viernes, septiembre 25, 2026
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    Wilderness, el lujo de observar

    Entre el Serengeti y el Masái Mara, un viaje con Wilderness cambia la manera de entender un safari. Primero están los animales y la emoción de verlos de cerca. Después aparecen preguntas más complejas sobre territorio, conservación, comunidades y sobre el tipo de lujo que tiene sentido cuando lo extraordinario está, literalmente, afuera.

    Durante los primeros días de mi primer safari quise fotografiar absolutamente todo. Una jirafa que apenas se distinguía a la distancia era suficiente para sacar el teléfono, llevar el zoom al límite y sentir que había conseguido una gran imagen. La primera cebra también.

    Uno llega sin demasiadas referencias y cada aparición parece excepcional. Un par de días después tenía jirafas a pocos metros y había atravesado extensiones del Serengeti ocupadas por miles de ñus y cebras. Los animales no dejaron de impresionarme, pero sí cambió mi manera de mirarlos.

    Al principio quería fotografiar cada cosa que aparecía; después hubo momentos en los que entendí que simplemente no tenía sentido intentarlo. Una foto podía registrar una jirafa o una cebra, pero difícilmente explicaba la cantidad de animales o la dimensión del paisaje que tenía enfrente. Quería conocer África desde niño.

    En esa época quería ser veterinario o biólogo; los animales eran realmente uno de mis principales intereses. Con los años fueron cambiando mis prioridades, también mi manera de viajar, y esa fascinación quedó un poco olvidada. Estar ahí me hizo acordarme de todo eso, aunque ahora lo veía desde otro lugar y con preguntas que evidentemente antes no tenía.

    Llegar desde la Ciudad de México también ayuda a generar cierta distancia mental. Primero Londres, luego Nairobi, después Kilimanjaro, Arusha y finalmente avionetas pequeñas que aterrizan en pistas abiertas. La primera noche en Tanzania transcurrió en Arusha Coffee Lodge, dentro de una plantación de café, antes de entrar de lleno al Serengeti.

    Después de tantas horas de viaje, fue una buena transición antes de que todo cambiara de escala. Viajé invitado por Wilderness, junto con un grupo de periodistas y creadores, varios de ellos con tres o cuatro safaris previos. Muy pronto comenzaron a decirme que estaba teniendo muchísima suerte. Yo todavía no tenía suficiente experiencia para entender cuánto.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    Detrás de un Safari

    Nuestra primera base fue Wilderness Usawa Serengeti, en Tanzania. Usawa significa ‘balance’ en suajili, una palabra bastante acertada para un campamento que intenta conciliar dos ideas que podrían parecer contradictorias: estar cerca de uno de los mayores movimientos de fauna del planeta y, al mismo tiempo, permanecer lo menos posible sobre el territorio.

    Es un campamento completamente móvil, alimentado por energía solar, con seis tiendas para un máximo de doce huéspedes. Se desplaza entre distintas zonas del Serengeti siguiendo las etapas de la Gran Migración y, cuando cambia de ubicación, no deja una construcción permanente detrás.

    Incluso buena parte del diseño fue pensado para viajar: mobiliario ligero, piezas realizadas por carpinteros y artesanos de Arusha, textiles locales y materiales que reducen la cantidad de residuos generados en cada traslado.

    La movilidad no significa precariedad. Las tiendas son amplias, tienen camas extremadamente cómodas, baño completo, WC y ducha caliente. El agua se administra con cuidado y la ventilación natural sustituye buena parte de lo que en otro lugar resolvería el aire acondicionado.

    Se siente que estás en un campamento, y para mí eso es parte de lo interesante, pero todo está resuelto para que esa cercanía con el entorno no implique renunciar a estar cómodo. Lo mejor ocurre al abrir la tienda. No hay un jardín diseñado ni demasiada arquitectura entre la cama y la planicie. Está el Serengeti. Los felinos fueron de los encuentros que más me impactaron.

    En Tanzania vimos varias leonas bastante cerca y, más adelante, en Kenia encontramos también a un macho dormido. Había visto leones miles de veces en fotografías y documentales, pero tenerlos enfrente en su propio hábitat es muy distinto.

    No están ahí para ser observados, no siguen una ruta ni responden a nuestra presencia. Pueden dormir, alejarse, cazar, ignorarnos o simplemente desaparecer. Lo interesante no es solamente ver al animal, sino verlo siendo exactamente lo que es.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    En Tanzania, sin embargo, la impresión más fuerte vino de la cantidad. Ñus y cebras aparecían una y otra vez hasta que la lógica de contarlos dejaba de tener sentido. Una tarde Wilderness detuvo los vehículos en medio de esa migración y montó uno de sus sundowners. Bajamos al atardecer rodeados por una cantidad difícil de calcular de ñus. Era una de esas escenas en las que la fotografía se quedaba inevitablemente corta.

    El lujo de Wilderness

    Ese tipo de momentos explica bastante bien la hospitalidad de Wilderness. El lujo no estaba solamente dentro del campamento. Algunos desayunos se montaban durante los recorridos y otros se servían antes de salir, en el mismo camp. Había café, té, fruta y unos sándwiches rellenos que preparaban dentro de moldes metálicos directamente sobre las brasas. En otras ocasiones Wilderness armaba una mesa completa bajo un árbol o en medio de la sabana.

    Ese nivel de atención, especialmente considerando dónde estábamos, terminó siendo una parte muy importante de la experiencia. Una mañana salimos cuando todavía estaba oscuro para volar en globo sobre el Serengeti. Desde arriba vimos hipopótamos, babuinos, ñus y otros animales, pero para mí lo más interesante estuvo en el paisaje.

    Desde el vehículo, el safari se vive como una secuencia de encuentros. Desde el aire se entiende mejor que todo forma parte del mismo sistema: empiezan a importar los ríos, las distancias, los caminos naturales y la enorme cantidad de territorio necesaria para sostener todo aquello.

    Después del vuelo hubo un brindis y un desayuno en la sabana. Uno de los guías, tanzano, hablaba muy bien español. Había familias, parejas en luna de miel y bastantes mexicanos. Era una experiencia muy bien organizada, pero nunca dejaba de sentirse que lo verdaderamente excepcional estaba alrededor.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    También hubo recordatorios menos cómodos de lo que significa estar realmente dentro de un ecosistema. Una noche escuchamos mucho movimiento alrededor del campamento, galopes, hienas y bastante actividad.

    A la mañana siguiente encontramos cerca los restos de una cebra prácticamente devorada y después vimos a los carroñeros alrededor. Me costó verlo. Entiendo perfectamente que forma parte del ciclo natural; entenderlo no significa que uno tenga que volverse indiferente frente a él.

    Kenia, donde todo se acerca

    La segunda parte del viaje fue en Wilderness Mara, dentro del Mara Triangle, en Kenia. El contraste entre ambos campamentos funciona muy bien. Usawa tiene la ligereza de una estructura móvil. Mara es mucho más desarrollado, sofisticado y cercano a lo que normalmente entendemos como un hotel de lujo, aunque sigue construido a partir del paisaje y no en contra de él.

    Tiene doce suites, además de alberca, gimnasio y spa. Los interiores toman su paleta directamente del Mara, con verdes, ocres, tonos tierra y azules grisáceos. Hay carpintería producida en Kenia, textiles tejidos en Nairobi, mobiliario recuperado, materiales reciclados y referencias discretas al trabajo artesanal masái.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    Sin embargo, el detalle que mejor explica Mara no fue diseñado por ningún interiorista. Entre el spa y el gimnasio encontramos huellas de elefantes. Los animales atraviesan el campamento y por la noche alguien del equipo debe acompañarte entre las habitaciones y las áreas comunes porque cualquier especie puede aparecer en el camino.

    El nivel de comodidad es altísimo, pero nunca consigue borrar la conciencia de dónde estás. Fue en Kenia donde tuve algunos de los encuentros más cercanos. Un grupo de alrededor de cuarenta jirafas apareció prácticamente frente a nosotros; dos, aparentemente machos, estaban enfrentándose.

    Después encontramos una manada de unos treinta elefantes, con varias crías. Son escenas que funcionan porque no están preparadas: puedes pasar horas buscando algo y, de pronto, encontrarte en medio de una dinámica que habría sucedido exactamente igual si tú no estuvieras ahí.

    Wilderness
    Foto: Felix Studios.

    La gastronomía en Mara tiene también más protagonismo. El chef Kadenge Livanze Edwin trabaja con ingredientes, productores y referencias culinarias de Kenia y entiende la comida como otra forma de contar el lugar. Probamos kuku wa nazi, kachumbari, samosas, chapati, pescado rebozado con cerveza Tusker, mandazi y postres con chai y granadilla.

    Los menús incorporan ingredientes locales y los desayunos en el bus, las paradas durante los recorridos y los sundowners forman parte de la experiencia gastronómica, no se sienten como servicios separados. Creo que ahí Wilderness encuentra su mejor versión. Hay muchísimo servicio y mucho cuidado, pero no obliga a mirar constantemente el servicio. Lo importante sigue ocurriendo alrededor.

    Conservar es más complicado que proteger

    Llegué al viaje con cierta incomodidad frente a algunos discursos sobre conservación. Resulta relativamente fácil llegar desde una ciudad, emocionarse frente a un elefante y concluir que la obligación moral es simplemente proteger a los animales. Yo mismo tengo esa inclinación.

    Me cuesta ver sufrir a un animal y me resultaba difícil entender por qué alguien tendría que necesitar un beneficio económico para decidir conservarlo. Estando ahí entendí que la pregunta era bastante más compleja. Para un visitante, un elefante puede convertirse en uno de los recuerdos más extraordinarios de un viaje.

    Para una familia que vive junto a ese territorio, ese mismo animal puede destruir en una noche el cultivo del que depende parte de su economía. Ninguna de las dos realidades cancela a la otra.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    La visita a The Pangolin Project, en el ecosistema de Nyekweri, concentró muchas de esas contradicciones. Nos explicaron cómo una cerca electrificada puede convertirse en una amenaza particularmente peligrosa para un pangolín: cuando siente peligro se enrolla y ese mismo mecanismo de defensa puede dejarlo atrapado recibiendo descargas.

    Pero hablar de pangolines rápidamente obliga a hablar de algo mucho mayor. Nyekweri es uno de los últimos fragmentos de bosque del ecosistema del Mara. Retiene agua, estabiliza suelos, funciona como corredor para elefantes, alberga rapaces y sostiene también a las comunidades que viven alrededor.

    Según información compartida por Wilderness, el bosque habría perdido más del 80% de su cobertura en menos de una década por factores como la producción de carbón, la subdivisión de tierras y la expansión agrícola. De pronto, proteger un pangolín ya no significa únicamente mantener vivo a un animal. Significa hablar de bosque, agua, propiedad, agricultura, educación y economía.

    Durante esos días la conservación empezó a aparecer en lugares que no esperaba: en una escuela, en las cámaras utilizadas para seguir el movimiento de un animal, en un vivero, en el trabajo artesanal de mujeres masái y hasta en la decisión sobre qué hacer con el cable inferior de una cerca. Dejó de parecerme una gran idea abstracta y empezó a verse como una suma de decisiones muy concretas.

    En Enkereri School, Wilderness trabaja a través de Children in the Wilderness en un vivero de 15 mil árboles nativos destinado a contribuir a la restauración de Nyekweri y, al mismo tiempo, involucrar a estudiantes, maestros y miembros de la comunidad en su manejo. Recuerdo especialmente a los niños escuchando una explicación sobre los pangolines.

    Uno preguntó si podía cargar a uno en caso de encontrarlo. Era una pregunta muy sencilla, pero decía bastante: conservar no consiste únicamente en conseguir que alguien quiera a un animal, sino en aprender a convivir con él. También conocimos iniciativas relacionadas con las rapaces, la educación y el desarrollo comunitario.

    The Maa Trust, por ejemplo, conecta el turismo con proyectos sociales y con Maa Beadwork, una iniciativa que permite a mujeres masái generar ingresos a partir de su trabajo artesanal. Lo interesante no es enumerar programas, sino entender que todos forman parte de la misma conversación.

    Lo que cambió durante el viaje fue mi manera de formular la pregunta. Antes pensaba por qué una comunidad debía necesitar un incentivo para proteger a los animales. Ahora me parece más interesante preguntarme cómo esperamos que funcione la conservación si ignoramos las necesidades de quienes comparten diariamente el territorio con ellos.

    El lujo de observar

    Wilderness lleva más de cuatro décadas trabajando entre la hospitalidad y conservación en África. Su modelo no elimina las contradicciones del turismo de lujo y sería poco realista pretender que pudiera hacerlo. Viajar implica vuelos, infraestructura, consumo de recursos y presión sobre lugares que, precisamente, queremos preservar.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    Lo interesante está en cómo se decide operar dentro de esa contradicción. En Usawa significa construir un campamento capaz de moverse y desaparecer físicamente del paisaje. En Mara implica reutilizar materiales, trabajar con productores y artesanos locales y conectar la experiencia del huésped con proyectos que continúan mucho después de que uno se va.

    Después de varios días, el safari dejó de ser para mí una sucesión de animales extraordinarios. Empecé a fijarme también en los árboles, las huellas, el agua, las cercas, las escuelas, los cultivos y las personas capaces de identificar una especie a cientos de metros o leer en el suelo algo que para mí era simplemente polvo. Regresé con miles de fotografías, muchas horas de sueño pendientes y la certeza de haber tenido muchísima suerte.

    Wilderness
    Foto: Malicky S. Boaz

    También con una idea menos simple de lo que significa observar la naturaleza. Quizá ahí esté el verdadero lujo de un safari: no solamente en poder ver un león, una jirafa o un elefante de cerca, sino en observarlos dentro de un territorio que continúa funcionando independientemente de nuestra presencia y empezar a entender todo lo que necesita mantenerse alrededor para que sigan estando ahí.

    Por: Gustavo Lavalle.

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