Hace unas semanas vi un video de Gabriel Rolón en el que contaba la historia de un paciente que durante años había cargado con el dolor de que sus padres lo habían sacado de su casa y enviado a dormir en una habitación exterior. Él creía que era por desprecio. Rolón le aconsejó que hablara con ellos para preguntarles por qué lo habían hecho.
Al hacerlo, sus padres se sorprendieron profundamente ante el dolor que su hijo les reveló. Le explicaron que habían actuado por razones completamente distintas a las que él imaginaba: lo habían instalado en ese cuarto porque lo consideraban el más capaz de sus hijos —el más inteligente, el que llegaría lejos— y querían darle un espacio propio para que estudiara sin interrupciones.
El hecho era el mismo, pero el significado había cambiado: no había sido por rechazo, sino por amor. El paciente contó que su vida cambió, que la relación con sus padres se transformó y que —gracias a ese descubrimiento— había resignificado la narrativa de su adolescencia y de todo lo que vino después.
Rolón destaca algo importante: no podemos alterar el pasado ni el hecho, pero sí podemos modificar la manera en que lo interpretamos. Como psicóloga, la resignificación del pasado me parece fascinante: lograr que lo que antes dolía se convierta en aprendizaje, en sabiduría o incluso en algo que llegamos a agradecer. Ese trayecto es uno de los procesos más complejos y también de los más sanadores.

La primera vez que descubrí ese poder fue con mi padre. Durante años me repetí el mismo relato: ‘Papá se fue, nos abandonó’, ‘de ahí vienen todos mis issues’. Hasta que me cansé y me cuestioné: ¿por qué una decisión que tomó mi padre años atrás tendría que ser la sentencia de vida, la excusa para mis inseguridades y fracasos?
Pasé del ‘papá me rechazó’ al ‘papá se rechazó a sí mismo como padre’ —y por eso no estuvo en mi vida—. La historia era otra: en una versión, mi valor se veía afectado; en la otra, su ausencia no tenía nada que ver conmigo —tema que desarrollé con mayor profundidad en la columna ‘Cuando junio duele’ de Marie Claire México—. Resignificar el pasado puede impactar positivamente nuestra vida de manera duradera.
El problema surge cuando ese pasado, esa herida y ese dolor se han vuelto tan parte de nuestra identidad que soltarlos se siente como perdernos a nosotras mismas. Muchas veces defendemos nuestra herida porque se volvió parte de quien creemos ser. Yo llegué a sentir eso, hasta que me hice estas preguntas: ¿qué historia llevo años repitiendo sin cuestionar? ¿A quién le conviene que siga creyendo esta narrativa? Si no me definiera por esa herida, ¿quién sería? ¿Qué otra interpretación podría existir?
No podemos transformar lo que nos pasó: esa es una de las verdades más difíciles de aceptar. El pasado es un territorio cerrado; no se edita, no se corrige, no vuelve a grabarse. Pero no vivimos dentro de los hechos, sino dentro de la historia que nos contamos sobre ellos, y ahí sí tenemos poder.
Esto explica por qué hay personas que viven situaciones similares a las nuestras sin que parezcan tener el mismo impacto. Y nos cuestionamos: ¿acaso soy más débil? ¿Por qué no les duele igual que a mí? La realidad es que un hecho no causa directamente una emoción.
Entre el hecho y la emoción existe una creencia. No es A —acontecimiento— lo que causa C —consecuencia emocional—, sino B —creencia—. La carga emocional que sentimos ante un divorcio, un fracaso laboral o una herida de la infancia no proviene únicamente del hecho, sino de la interpretación que hacemos de él, tanto desde el pasado como en el presente.

Si fuera el hecho en sí lo que causara el dolor, todas las personas experimentarían el mismo dolor ante los mismos hechos, pero eso no sucede: cada quien interpreta y procesa según sus creencias, su contexto y las herramientas emocionales que posee.
Esto nos brinda una nueva oportunidad para soltar cadenas de dolor, inseguridades, tristeza y baja autoestima que aún cargamos por hechos del pasado —o incluso del presente—. El evento es uno; la interpretación, infinita.
Para identificar qué historias vale la pena resignificar, comienza por reconocer qué área de tu vida te genera malestar: puede ser la laboral, la familiar, la personal o la amorosa, entre otras. Luego observa qué creencias tienes al respecto, prestando atención a cómo narras lo que te ocurre, porque ahí se revelan tus creencias sobre ti misma.
Por ejemplo, si no estás en el puesto que deseas y te dices: ‘soy una abogada fracasada’, conviertes un momento en una identidad, y desde ahí te paralizas, porque ya decidiste quién eres. En la misma situación podrías decir: ‘estoy atravesando un reto profesional, puedo aprender y mejorar, soy una buena abogada pasando por una etapa complicada’.
El hecho no cambia, pero la narrativa sí. En la primera versión te etiquetas y reduces tu valor; en la segunda, reconoces la dificultad sin permitir que te defina.

Y esto no es negar las heridas: es resignificarlas. No es romantizar el trauma: es dejar de permitir que sea el único narrador de nuestra vida. En ese espacio invisible entre lo que ocurrió y lo que significa vive un poder enorme: la capacidad de escribir una versión que esté de tu lado y que te ayude a construirte. Por eso comparto algunos pasos para empezar a cambiar el cuento que te cuentas:
- Separa el hecho de la interpretación. Diferencia lo que ocurrió de lo que concluyes sobre ti: no eres lo que te sucede.
- Detecta tu frase interna. ¿Cuál es el guion que repites sin cuestionar?
- Cuestiónate con evidencia. Busca ejemplos que contradigan tu historia automática.
- Reformula con honestidad. No te engañes, pero amplía la perspectiva.
- Repite la nueva interpretación hasta que el cerebro la adopte. La narrativa cambia con práctica, no solo con intención…
El narrador da forma al mundo que habitamos, y el narrador de nuestra historia somos nosotras mismas. Al final, habitamos el cuento que nos contamos. Usemos ese poder a nuestro favor.
Por: Ana Carbajal.

